martes, octubre 31, 2006

El viaje y el mar

"Soy veraneante accidental
en la ciudad del viento
(...)
En todos los lugares te encuentro
en todos los lugares me siento un habitante más
en la ciudad del viento."
La ciudad del viento - Quique González




Se hacía de noche; había una ciudad impaciente frente a nuestra llegada. Las luces en las calles se encendían húmedas; la lluvia suave empapaba las piedras y la arena. Llegamos por fin a la ansiada ciudad del viento.

- Qué lástima que nos hayamos demorado tanto en aquella estación de servicio… Quería ir a la playa hoy…- pensé en voz alta, como comentario al pasar mientras ordenaba las valijas en mi habitación.
- ¡Aún estamos a tiempo! – me dice Dante entrando al cuarto con una manzana a medio comer.
Mi expresión atónita se elevó por encima de la valija: “¡¿A esta hora?!”
- ¡Sí!- dijo entusiasmadísimo masticando un bocado- ¿Qué tiene de malo esta hora?
- Que… es como un poco tarde?- dije como si fuera una obviedad
- ¿No me dijiste que era un viaje sin tiempo y sin espacio? Bueno, esas reglas sí quiero respetarlas. Entonces, ¿Venís conmigo a la playa, si o no?


Abrigados como osos salimos caminando por las calles heladas bañadas en mar de primavera, ese mar frío, imposible, que se enciende lejano al rozarlo la luna. El viento giraba en la curva que hacía la playa, giraba en un veloz remolino de papeles, hojas y gotas de lluvia que habían quedado desperdigadas por allí tras la lluvia de la tarde.
Los pies se nos hundían en la arena mojada pero el mar era un imán que hubiera podido arrastrarnos a él a pesar de la fuerza con la que el viento nos empujaba.
El mar era un imán, otro de los tantos imanes que nos pegan a esta tierra.
El mar era un imán de nuestra mirada, la hacía hipnotizarse en sus olas;
era un imán de todos los ruidos y olores que allí existían para nosotros.
El mar era un imán de nuestros pasos, que hacía tanto tiempo deseaban jugar con él.
El mar era un espejo de ilusiones roto en cada ola; el mar era aquello que ya no podíamos nombrar.
Nuestras bocas llenas de salitre y nuestro silencio estallante en la cresta de cada ola…

Esa noche podría haber sido eterna. Esa noche deseamos por primera vez que nunca saliera el sol
.


"Llévame a ver salir el sol
desde todos los portales de la luna
llévame al puerto y al malecón
cuando el cielo se nos llene de gaviotas"
Rompeolas . Quique González

sábado, octubre 28, 2006

El viaje y mi papá

“¡Hoy es su cumpleaños!” Recordé sorprendida ante el pequeño descuido de mi memoria. Y atrás de esa frase vinieron muchísimos recuerdos y pensamientos al respecto. ¿Qué era aquello que más me marcaba de todo aquello que me ha enseñado? Además de darme mi rostro, la humildad y la bondad, el amor al rock desde la cuna, él me enseñó algo que me marca de una forma especial, algo que hace que yo esté hoy acá.

Y es el amor a los viajes, el placer de estar en la ruta, dejando que el paisaje se suceda veloz y la música, sonando a su velocidad, convirtiendo todo en un espacio sin tiempo, en una introspección reflejada en las nubes, en los campos, en el vuelo de los pájaros allá tan lejos…

Y que llegar a destino no sea el fin de la aventura, sino un comienzo, un alzar la vista con los pies en la tierra firme para detener la mirada en un océano infinito o en la montaña que se alza orgullosa creyendo que me cansaré antes de alcanzar siquiera sus tobillos. No saben, no saben que llevo conmigo las ansias de viajar sin miedos ni apuros. No lo saben, porque todo esto es algo que me enseñó mi papá casi sin quererlo, algo que me enseñó con su entusiasmo, con su acción, con su determinación por salir antes que el sol para que podamos disfrutar esa tranquilidad matinal de la ruta.

Yo le agradezco tanto esta enseñanza suya. Siento, gracias a su impulso, que yo podré viajar por todo el mundo. Tales son sus ansias, tales son mis sueños.

Gracias papá. Te adoro.


jueves, octubre 26, 2006

El viaje. Día 5.


Intento comunicarme con vos pero todas las puertas parecen cerradas. Suena el teléfono y suena sin descanso intentando parar. Del otro lado no hay nadie.
Y yo espero ansiosa la pausa que precede a tu voz.
Pero del otro lado nadie escucha.
La falla comunicativa se hace evidente.
Me canso de esperar y corto.

Pero nunca me canso de esperar, realmente. Todo en esta vida se hace espera.
Así que vuelvo a llamarte para escuchar un rato más tu silencio, tu pausa.

Nunca me cansé de esperarte, incluso conociendo nuestra falta de comunicación.

lunes, octubre 23, 2006

El viaje. Día 3

"Busco el lugar exacto a donde ir
forrado todo con hierba
un escenario, más lejos de aquí
para cantarte más cerca "
Quique González . No te arrepientas


Al presentarles mi diario de viaje debo aclarar que no llevamos ningún apuro. Las tensiones de la vida real son desmedidas y estamos eligiendo desenchufarnos de ellas y por esto caemos en un vacío de tiempo. Mientras nosotros recorremos con calma cada momento de nuestros días, la gente en la ciudad debe estar corriendo atrás de un reloj. Nosotros decidimos olvidar los nuestros en casa, con el fin de disfrutar sin prisa cada kilómetro recorrido, cada banal suspiro, cada canción que suene al compás del motor, cada vez que paramos al costado del camino con tal de estirar las piernas y respirar se convierte en una nueva aventura.
Por esto, un viaje que normalmente, es decir, en una circularidad del tiempo acostumbrada a lo inmediato, podría hacerse en pocas horas, a nosotros nos toma casi más de un día.

Hoy por la mañana Atalaya no tuvo mucho espacio para nosotros. Rebosaba, como siempre, de viajantes temporarios y de medialunas calientes, pero a ninguno de los dos se nos atojaba aún rodearnos del bullicio propio de un parador tan popular. Entonces compramos nuestra merecida docena y recorrimos algunos km hasta encontrar el oasis ideal: un montón de arbolitos protectores al costado de la ruta. Allí paramos y disfrutamos del mate con medialunas, que más ricas no podían estar, y luego nos dimos un rato para relajarnos con el paisaje y leer.

Las letras se dibujaban sobre un temprano atardecer y decidimos que nuestro recreo se nos había excedido. Retomamos el camino hasta llegar a algún pueblo u hostería capaz de recibirnos, a nosotros, a los viajantes sin tiempo.



sábado, octubre 21, 2006

El viaje. Día 1.



Zarpamos esta mañana fría hacia lo desconocido. En palabras simples, comenzamos un viaje.
Creo que ya no falta nada: el baúl y el asiento trasero del auto están repletos de bolsos y cosas varias. Algo más y el auto se negará a semejante hazaña. Bueh, tampoco es que sea gran cosa ni que seamos los primeros en descubrir América. Los autonautas de la cosmopista hicieron lo suyo dos décadas atrás. No me importa si me dicen que esto es copia. Yo hago mi viaje porque hace tiempo lo necesito. El estrés de la ciudad es altamente perjudicial para la salud y yo ya me lo estaba tomando en grandes dosis. Un poco de estrés rural, de aire con olor a tierra o a nafta, un tiempo fuera de casa no me viene nada mal.

Enciendo el motor y éste empieza a ronronear alegre; ya, ya, se mueve como loco, quiere salir, quiere devorar kilómetros y kilómetros, quiere conocer caminos nuevos. Y yo, entusiasmada con su alegría, hago las maniobras y nos encaminamos hacia la salida de la autopista.
Un eje, un escape; la mañana es clara y hace frío, como todas las mañanas.
Sólo que ésta mañana, es distinta.

jueves, octubre 19, 2006

pequeñas dosis

Y en todo esto, en contraste con la tensión, el apuro, la felicidad desmedida de los viernes, es que encuentro en mí una tristeza que se dosifica a lo largo y ancho de los días, en fracciones junto al desayuno.
Y esa tristeza se traduce en tan sólo unos segundos de cada día
y se traduce en un código extraño, algo así como un destino elegido,
cargar en mi mirada siempre una melancolía que me hace extrañamente bien.

Y que, luego de quedarme contemplando una plaza triste y descuidada a la que ya no van niños
pueda hamacarme con solemnidad como cuando niña
e irme sonriendo y cantando una canción.

domingo, octubre 15, 2006

Y los conserjes de noche



Aquí esta lo que no pude subir en el post anterior
Disfrutenlo!
=)

Quique González en Buenos Aires

"Presiento la luz dorada de un escenario
pero las cosas del alma no se adivinan"
Quique González - A veces se me olvida



Tres viernes por la noche, llameantes de música, de escenarios, de rock. Tres viernes en el Chacarerean Teatre, Quique González presentando por primera vez en Argentina su último disco, Ajuste de Cuentas. Tres noches se visten de fiesta y primavera en Buenos Aires, ciudad encendida.

Show de prensa
El 29 de septiembre fue el show de prensa, tras haber sido presentado en televisión días atrás. Éramos pocos ese día los que lo conocíamos; aunque la música fuera única, incomparable, la mayoría del público apenas si había escuchado algunos temas, los más conocidos. Esa fue la noche de los éxitos, de las anécdotas y las explicaciones, y de algunos temas nuevos que quiso estrenar en la ciudad porteña. Nuestra emoción, nuestra felicidad, fueron únicas en aquel momento pero no superaron las vivencias del viernes siguiente.

El primer encuentro, el primer amor
El 6 de octubre se amontonaban varios grupos en la entrada del Chacareran. Ese día todo empezaba en reencuentros, en sonrisas y charlas ansiosas por entrar. Las puertas finalmente se abrieron, para recibirnos un cálido ambiente poblado de mesas y sillas expectantes, que mirando hacia el escenario vacío daban a entender que allí se iba a disfrutar del show. El escenario, con los instrumentos sobre él, esperaba también al músico que esa noche sería su protagonista.


Cuando bajaron las luces y Quique subió al escenario, nadie supo lo que podría venir después. Había cierto nerviosismo gris pegado en el aire, y el enorme misterio de ver a alguien por primera vez; aunque esa primera vez no fuera precisamente la primera, aunque en ciertos puntos el misterio quisiera desnudarse, nunca Buenos Aires había repetido tantas veces su nombre con una voz de aliento y admiración, nunca Buenos Aires le había retribuido su amor. Esta noche se fusionaban ese amor y esa admiración, todo se mezclaba en el aire y permitía aquella conexión, aquel sueño hecho realidad: Quique en Buenos Aires.
Pequeño sobre el escenario, se sienta al piano: “Buenas noches. Yo soy Quique González y esta es mi primer presentación en Buenos Aires”. Pero antes de empezar confiesa que su guitarra había sufrido un inconveniente y que estaba todavía en el post-operatorio, en recuperación. Y hablando de post-operatorios es que quiere comenzar, para romper ese miedo, para entrar en confianza, con un tema nuevo que surgió en una casual visita a la lavandería: una prosa melódica, un piano sumado a su voz dulce.


Luego de tocar en el piano el tema nuevo y A cara de perro, recupera su guitarra y dice al público que pidamos los temas que queremos escuchar. Se alzan las voces apuradas por llegar a los oídos de Quique desde todos los puntos de la sala. Son muchos los nombres, muchas la opciones, cualquiera de ellas será recibida con entusiasmo. Quique se asombra al escuchar “¡Romeo y Julieta!” y decide hacer honor a los principios de su carrera.


Los pedidos se fueron multiplicando y extendiendo a medida que avanzaba la noche y la emoción por escuchar los temas favoritos se hacía lugar entre los aplausos y los vitoreos. Caminando en círculos, Salitre, De haberlo sabido, Ayer quemé mi casa fueron algunos de los temas con los que nos deleitó antes de elegir él mismo el tema que quería tocar: Polvo en el aire. Siguió con Permiso para aterrizar, La ciudad del viento y Se nos iba la vida, la cual dedicó a los primeros fans que le hicieron una página web, la primer página web en el principio de su carrera. A nosotros se nos ablandó el corazón, se nos dibujaron sonrisas y se nos humedecieron los ojos cuando nos mencionó y señaló. No importaba ya que casi todos allí se dieran vuelta a mirarnos; para él era especial que estuviéramos allí, pidiéndole canciones, y allí estábamos, emocionados y sonriendo, aún sin darnos cuenta de ello y con cualquier palabra atravesada en la garganta, sin poder murmurar apenas un gracias gigantezco.


El rock se quiso hacer sentir y Quique invitó al escenario a Pablo Guerra con quién tocó Vidas Cruzadas. Luego el invitado sería Carlos Tarque y las canciones serían Pequeño Rock & Roll y Te lo dije. Esta noche también tocó otros temas nuevos: Hay partida y la historia de la señora en bata que lo escuchaba del otro lado de la puerta y que lo alentó a terminar la canción, que luego dejó anotada en un papel debajo de su puerta, y Doble fila. Sin embargo, los pedidos se renovaban y se repetían constantemente, la cantidad de temas tocados ya rozaba los 20, Quique estaba por irse, se despedía y ya se iba cuando todos se pusieron a gritar su nombre, a pedirle que vuelva. Finalmente volvió con una sonrisa aunque cansado para tocar Rompeolas, Pájaros Mojados, Alhajita, Arañazos de piel roja, un pedazo de Paloma de Andrés Calamaro a pedido de La corriente del Salmón y para hacer el cierre estupendamente con Crece la hierba. Ya nadie se podía quejar, los aplausos y ovaciones se reproducían en la sala y muchos fuimos los que nos pusimos de pie para aplaudir a nuestro músico y poeta. La despedida esa noche sería “Hasta el próximo viernes”.

Incondicionales, las tres noches
13 de Octubre. Era la última noche, el tiempo estaba ansioso por ser veloz, como lo había sido durante las 3 últimas semanas, quería apurarse e irse a dormir. Pero hay cosas que no pueden apurarse, no se pueden librar al azar, y esta noche aunque corría deprisa, se hacía pesada con la humedad y la tristeza de saber que luego de esa noche no habría más noches de viernes en concierto. ¿Extrañaría la ciudad nuestros pasos desconocidos, ahora ya inconfundibles? ¿Extrañaría nuestras miradas perdidas entre los cientos de luces anaranjadas, nuestra voz afónica en el aire, nuestra sonrisa y nuestra paz? Quizás la ciudad nos extrañe, pero creo que no tanto como nosotros a ella.


En medio de encuentros y charlas la tristeza y el desánimo quería ganarme, pero bajaron las luces y Quique, caminando entre las mesas hacia el escenario, hizo que olvidara el después, y que entendiera que esa noche estaba ahí para que yo la disfrutara y la viviera, sin importar más que lo que había importado hasta ese momento: sentir la música que aprendía a escaparse del disco y a sonar diferente, a sonar más viva, a sonar ya no desde afuera hacia mí, sino desde mí, la vibración, hacia los sonidos, la música.


Esta vez empezó con su guitarra Piedras y Flores, para luego recordar que también hoy podíamos pedir canciones. Rompeolas, Día de Feria, Caminando en círculos, Me agarraste, La ciudad del viento fueron algunos de los temas que recreó con su guitarra y el acompañamiento incondicional de su armónica; Pequeño Rock & Roll, Dos tickets, Reloj de Plata, Hotel Solitarios y Hotel Los Ángeles fueron los protagonistas al piano.


Teniendo como invitados a sus amigos Pablo Guerra y Lisandro Aristimuño, el trío se aventuró en versiones rockeras y atrevidas de Vidas Cruzadas y Superman, movilizando al público a cantar y aplaudir al compás. Se sucedieron más pedidos con De haberlo sabido, Los conserjes de noche, Kamikazes enamorados y su auto-dedicada Polvo en el aire. Quique invitó a Lisandro Aristimuño una vez más para hacer una versión más despierta de Salitre y para terminar con Arañazos de piel roja casi a capella en una extraña fusión entre la voz dulce y grave de Quique y la aguda de Lisandro, con un leve acompañamiento de la guitarra en ciertos momentos. Así, se despidieron del público y Quique se despidió de Buenos Aires, de su público y sus amigos, ya que al día siguiente volvía a España.
A la salida todos se amontonaban ansiosos frente a la puerta cerrada, esperando que saliera a firmar discos, a sacarse fotos con los fans, a saludar, a contarle cómo habían llegado hasta él, cada uno con una historia distinta, a darle regalos. Todos esperaban que él supiera que acá lo seguimos.
Y él sonreía y agradecía a todos aquellos que le hablaban con su corazón.

Nosotros lo esperábamos, sabemos que los músicos “se deben a su público”, y esperamos con paciencia el momento en que pudiera despedirse de nosotros. Finalmente vino: abrazos, fotos, discos y firmas –conste que nosotros también somos fans- y los comentarios… “Vosotros sois incondicionales, han venido los tres días” nos dijo con una sonrisa Y nosotros, felices. No sólo felices por saber que le importa nuestra presencia, no sólo felices de haber presenciado al músico que tanto admiramos, de haber escuchado su música recreada, felices también por estas tres noches espléndidas, por saber que volverá en unos meses, por saber que para él tendremos siempre una sonrisa en la cara, una mano dispuesta, un corazón abierto a escuchar su música, su voz.

miércoles, octubre 11, 2006

Sonreír (romper la cárcel)

Rompe de una vez todo esquema,
todo maldito esquema tan perfectamente armado.
Tan es así que cada vez que rompe, lo hace de forma esquematizada.


Oh, por Dios, qué cárcel.


No me abundes ya en desastres,
que a falta del mundo están los míos.
Dame, por favor, tu sonrisa,
o un pedazo de ella,
para que aprenda yo a imitar.

lunes, octubre 02, 2006

Los ojos que no se cierran

El sueño me muerde los párpados,
pero dentro de ellos, tras los ojos que lo ven todo -¿tanto ven?-
hay una marea confusa
que no me permite cerrarlos
y por fin dejarlos descansar.

¿Qué es aquello que tanto ven?
Multiplicaciones de sueños, de deseos, de anhelos, y de sinónimos de éstos,
convertidos en pensamientos, en concreciones abstractas, en teorías poco comprobables
que se me escapan desde estos párpados abiertos y me hacen sentir que
soy habitada por una comunidad entera de "yoes" que discuten los temas de actualidad
e intentan conducirme para que no me estrelle,
porque de tanto tener los ojos abiertos, incluso así,
ya no veo nada. Nada más que mi adentro, mi confusión, mi ceguera.