Entré, por fin, a sus enormes habitaciones tapizadas con un decorado atemporal, nunca podrías decir en qué época se habrían ido los últimos, y sin embargo, todos los muebles se hallan intactos, dotados nomás de una finísima capa de polvo mágico; la casa me hacía sentir que yo era esperada.
Recorrí audazmente los pasillos, imaginando quiénes habrían vivido en cada cuarto, hasta que llegué a una puerta maciza al final de uno de los varios pasillos. La puerta se resístía a abrir pero mi curiosidad pudo más, y con toda la fuerza de la que era capaz empujé la gran puerta, que se quejaba con un estridente chirrido.
Esperando otra habitación llena de lujos que me invitara a la imaginación, tuve que hacer un gran esfuerzo para no gritar al verla, a esa mujer desteñida y arrugada que se encontraba de pie justo en el otro extremo de la habitación, como si supiera que yo iba a entrar. Inmediatamente comencé a disculparme, pero esto no podrucía ningún efecto en ella, que seguía inmóvil, escondida en la oscuridad de las ventanas ciegas e iluminada únicamente por la luz que venía de la puerta abierta. No quise acercarme a ella, su quietud era un misterio pero el destello de vida en sus ojos sólo aumentaba mi curiosidad. Le hablé de nuevo, pretendiendo tal vez despertarla de su silencio, pero ella solamente supo mirarme a los ojos fijamente. Y habló con la mirada. Me contó toda su vida con la mirada. Sumida en las veleidades del prejuicio se dejó tentar por la facilidad de encasillar, se mantuvo siempre alejada de todos; Su fealdad no era más que descuido, falta de afecto. Fría y distante, nunca había poddido sentir el calor del sol; frígida y atemporal, parecía mayor de lo que era y se atab siempre a las normas, a las convenciones, a los no. Se había vuelto despectiva de todo aquello que no había escuchado jamás; reconoció que la culpa por todos esos sentimientos feroces no hacía más que agrandar sus miedos, sus encierros, y así se fue recluyendo a su coraza, a su habitación. Sus manos eran lo que desencajaba en ese cuerpo. Sólo sus manos hábiles, delgadas, suaves, habían sabido cuál era su función. Pero ese cuerpo y esa mente nada habían hecho con ellas, más que admirarlas hasta el odio y la envidia.
Todo esto me contó sin hablar. Bajó la mirada para verse las manos, e inmediatamente miré las mías, pensando en mis manos, si serían como las de ella, o si yo les habría dado lo que merecían. Levanté la mirada y noté que la mujer no estaba ya en esa postura lastimosa. Ahora se mostraba siniestra y adusta, sus ojos destellaban el desprecio orgulloso del que habló sin lenguaje. Envidiable y engañosa, entendí que no era la misma. La miré por fin a los ojos y cuando los ví, idénticos a los míos, con la seguridad como un halo protector y el miedo miserable hundido en sus entrañas, no pude hacer otra cosa que gritar.
Espantada, grité sin voz, grite aunque mi grito no saliera de esas paredes. Y huí, qué más podía hacer, huí, corrí desenfrenada por todas las habitaciones que, siendo antes bellas, ahora se me lanzaban encima como caníbales, como suicidas hambrientos de odio, me señalaban con sus dedos culposo, se me enredaban las cortinas y las sábanas, se entrometían en mi huida las sillas y las mesas, burlándose de mi ignorancia, de mi descuido, de mi insensatez. Llegué por fin a la puerta principal, la arranqué despiadadamente de su lugar y la dejé abierta de par en par, dejando salir los fantasmas de la casa. Yo corrí y corrí, hasta perderme en calles de tierra y cemento, hasta olvidarme mi nombre y mis sueños, hasta caer agotada en algún rincón de una ciudad desconocida.
En la casa misteriosa, las puertas se han vuelto a cerrar, aún esperan visitas. En la habitación más oscura de la casa, además de un hondo silencio, lo único que hay es un enorme espejo frente a la puerta con una débil inscripción en su extremo inferior derecho.
Sotcefed
"Piquetes de ojo,
rencores de toda la sociedad;
sospecha que todo conspira
en contra de su vanidad.
(...)
De qué le valen sus armas,
la sugestión de su voz,
si todos sabemos que esconde
un pobre y débil corazón.
(...)
Pero, un día, un viejo sabio
lo vio escondido en mi sombra
y, aunque no tiene perdón,
si lo mato a él, me muero yo"
Bersuit Vergarabat, Y no está solo...