martes, mayo 23, 2006

Esa otra

Pude entrar por fin a esa misteriosa casa, luciendo todas mis dotes de aventurera, con la seguridad de estar cumpliendo ese sueño que había postergado siempre.
Entré, por fin, a sus enormes habitaciones tapizadas con un decorado atemporal, nunca podrías decir en qué época se habrían ido los últimos, y sin embargo, todos los muebles se hallan intactos, dotados nomás de una finísima capa de polvo mágico; la casa me hacía sentir que yo era esperada.


Recorrí audazmente los pasillos, imaginando quiénes habrían vivido en cada cuarto, hasta que llegué a una puerta maciza al final de uno de los varios pasillos. La puerta se resístía a abrir pero mi curiosidad pudo más, y con toda la fuerza de la que era capaz empujé la gran puerta, que se quejaba con un estridente chirrido.

Esperando otra habitación llena de lujos que me invitara a la imaginación, tuve que hacer un gran esfuerzo para no gritar al verla, a esa mujer desteñida y arrugada que se encontraba de pie justo en el otro extremo de la habitación, como si supiera que yo iba a entrar. Inmediatamente comencé a disculparme, pero esto no podrucía ningún efecto en ella, que seguía inmóvil, escondida en la oscuridad de las ventanas ciegas e iluminada únicamente por la luz que venía de la puerta abierta. No quise acercarme a ella, su quietud era un misterio pero el destello de vida en sus ojos sólo aumentaba mi curiosidad. Le hablé de nuevo, pretendiendo tal vez despertarla de su silencio, pero ella solamente supo mirarme a los ojos fijamente. Y habló con la mirada. Me contó toda su vida con la mirada. Sumida en las veleidades del prejuicio se dejó tentar por la facilidad de encasillar, se mantuvo siempre alejada de todos; Su fealdad no era más que descuido, falta de afecto. Fría y distante, nunca había poddido sentir el calor del sol; frígida y atemporal, parecía mayor de lo que era y se atab siempre a las normas, a las convenciones, a los no. Se había vuelto despectiva de todo aquello que no había escuchado jamás; reconoció que la culpa por todos esos sentimientos feroces no hacía más que agrandar sus miedos, sus encierros, y así se fue recluyendo a su coraza, a su habitación. Sus manos eran lo que desencajaba en ese cuerpo. Sólo sus manos hábiles, delgadas, suaves, habían sabido cuál era su función. Pero ese cuerpo y esa mente nada habían hecho con ellas, más que admirarlas hasta el odio y la envidia.

Todo esto me contó sin hablar. Bajó la mirada para verse las manos, e inmediatamente miré las mías, pensando en mis manos, si serían como las de ella, o si yo les habría dado lo que merecían. Levanté la mirada y noté que la mujer no estaba ya en esa postura lastimosa. Ahora se mostraba siniestra y adusta, sus ojos destellaban el desprecio orgulloso del que habló sin lenguaje. Envidiable y engañosa, entendí que no era la misma. La miré por fin a los ojos y cuando los ví, idénticos a los míos, con la seguridad como un halo protector y el miedo miserable hundido en sus entrañas, no pude hacer otra cosa que gritar.

Espantada, grité sin voz, grite aunque mi grito no saliera de esas paredes. Y huí, qué más podía hacer, huí, corrí desenfrenada por todas las habitaciones que, siendo antes bellas, ahora se me lanzaban encima como caníbales, como suicidas hambrientos de odio, me señalaban con sus dedos culposo, se me enredaban las cortinas y las sábanas, se entrometían en mi huida las sillas y las mesas, burlándose de mi ignorancia, de mi descuido, de mi insensatez. Llegué por fin a la puerta principal, la arranqué despiadadamente de su lugar y la dejé abierta de par en par, dejando salir los fantasmas de la casa. Yo corrí y corrí, hasta perderme en calles de tierra y cemento, hasta olvidarme mi nombre y mis sueños, hasta caer agotada en algún rincón de una ciudad desconocida.


En la casa misteriosa, las puertas se han vuelto a cerrar, aún esperan visitas. En la habitación más oscura de la casa, además de un hondo silencio, lo único que hay es un enorme espejo frente a la puerta con una débil inscripción en su extremo inferior derecho.

Sotcefed



"Piquetes de ojo,
rencores de toda la sociedad;
sospecha que todo conspira
en contra de su vanidad.
(...)
De qué le valen sus armas,
la sugestión de su voz,
si todos sabemos que esconde
un pobre y débil corazón.
(...)
Pero, un día, un viejo sabio
lo vio escondido en mi sombra
y, aunque no tiene perdón,
si lo mato a él, me muero yo"
Bersuit Vergarabat, Y no está solo...

martes, mayo 16, 2006

Elección

de fondo... "Amanece en la ruta"
con Fabi Cantilo
Hay algo en tu vida que te hace que cambies, y es tu acción.
Los sucesos importantes, determinantes, nos ocurren a absolutamente todos los seres humanos en masomenos los mismos momentos o etapas de la vida.
¿Qué nos hace diferentes? Nuestra respuesta.
Están los que ante ese problema cierran los ojos, se ciegan a todo, se atan las manos, se reamoldan a lo viejo, se mueven en círculo. Toda su vida atados a un mismo centro, girando siempre en la misma órbita. Y siguen exactamente igual toda su vida.
Pero hay otros que se niegan a cerrar los ojos, que se niegana a atarse, y que son capaces de dejar su alma entera ante ese conflicto, capaces de morir con tal de no retroceder. Son los valientes, los que no temen a la vida, y los que generalmente se enfrentan al rechazo, a la oposición; se enfrentan a la comodidad, en una lucha eterna por no morir igual a como se nació.

Los primeros con los mediocres.
Los segundos, los soñadores.

domingo, mayo 07, 2006

Pasaje.

Caminábamos por esa boca de lobo en la mitad de la noche. Los edificios se erigían como monstruos y un único farol rotoso iluminaba con debilidad nuestros rostros. Hacía un frío polar, la humedad nos calaba hasta los huesos. Decidimos que era mejor para bajo el farol, con tal de descansar las piernas. Los escalones que subían a la puerta del Edificio 43 parecían un buen refugio a esa hora (donde) en que la oscuridad se devoraba todo, y por esto nos sentamos allí.
- Podríamos quedarnos aquí hasta que amanezca – me dijo Mateo
- Pero se trata de pasar la noche. No tenemos ni idea la hora que es. Podríamos morir congelados y nadie se enteraría.
- ¿Vos realmente crees?
- Sólo sé que es mi corazón el que ya está sintiendo el frío.
- Entonces hagamos algo para no morir. Quizás si nos movemos un poco…

Dimos unas vueltas en círculo, bajamos y subimos los escalones pero en lugar de sentir calor, generábamos más viento y nos dábamos cuenta cuán duros estaban nuestros músculos que cualquier movimiento resultaba una odisea.
Cansado y aún con frío, Mateo se rindió y me largó esa vieja frase admonitoria, diciendo que parecíamos dos saltimbanquis locos, y volviendo a su estructura, prefería morir de frío que vivir tildado de chiflado. Finalmente las fuerzas no me dieron para más y me senté a su lado, con la respiración entrecortada pero un poco más aliviado.
Mateo ya no hablaba, se había quedado mudo luego de su frase y parecía no querer gastar el aire caliente que exhalaba para otra cosa que no fuera calentar sus manos. Inmediatamente recordé la noche en que, parado frente al fuego del hogar, mi esposa me había acercado un vaso de agua y tres nueces, que duraron horas en la mesita debido a la extensa y placentera charla que tuvimos. Por ese entonces ella se parecía mucho a Cora Ferri envuelta en batones, y nos moríamos de la risa de tan sólo pensarlo.
Una enorme sonrisa se me asomó en la cara, pero una tos abrupta me la quitó. Entonces Mateo me miró, lejano y atemporal, con una mirada distinta a la de siempre, parecía estar más alto, más serio, como si de repente hubiera comprendido la magnificencia del universo. Eso intentó expresar cuando me dijo:
- ¿Te acordás de la “palabra de marinero”, que nos dijo hace unos años aquel navegante? Eso es lo que el destino nos depara, adonde nos lleve el mar, adonde sople el viento, es adonde tendremos que ir. Aquella vez no había captado su significado. Hoy me golpeó de lleno. Nosotros estamos destinados a esto, hermano. A donde nos lleven los pies allí iremos. Este es nuestro destino, y así lo seguiremos.
- Eso te ocurre a vos, Mateo. Yo jamás quise tener que alejarme de Julia. Fue esa tonta idea tuya la que nos trajo hasta acá. ¿Y ahora qué haremos? Estamos perdidos en una ciudad desconocida, en donde la gente apenas se habla, ¡una ciudad de la que no podemos salir! ¿Y llamás a esto destino? Nuestro camino estaba en otro lado, estaba en donde nos fuimos, ¡y ahora! ¡Ahora ni siquiera sabemos cómo regresar!

Me callé y me tragué el veneno, ¿de qué servía discutir? Mateo se dio cuenta enseguida que lo único que tenía que hacer era callarse por un rato hasta que se me pasara ese momento, siempre había respondido así cuando discutíamos.
Tras unos minutos de tenso silencio me contó:
- ¿Te acordás aquella casa a la que entré hace dos días? ¿Te acordás que te dije que no había nadie? En realidad encontré tres cosas que tomé pero una no me pareció relevante. La primera fue este abrigo. La segunda fue un pedazo de papel que tenía unos datos escritos en lápiz. Lo guardé por si las dudas, mirá –acotó mostrándome una pequeña hoja amarillenta con dos palabras y un número anotados en ella.
- Y la tercera –continuó – fue este cuchillo. No sé porqué no te lo mostré antes, no le encontré ninguna utilidad. ¿Qué valor podría tener un cuchillo? Quiero decir, en esta ciudad, en la que todo viene prediseñado, en la que ya no se necesita hacer nada. No vale, no sirve. Ahora estoy pensando que esto no es nada más una antigüedad. Esto debe tener algún valor en sí, ¿no crees?

Miré largamente a Mateo y me pregunté si estaría en sus cabales. No entendía a dónde me estaba llevando pero por la manera en que hablaba parecía haber encontrado en aquel cuchillo la llave que nos abriría la puerta de escape de ese mundo irreal.

martes, mayo 02, 2006

Escombros

Despertó esa mañana el señor, cansado y con grandes ojeras. Se le notaba ese día la edad. Se cebó unos mates tan amargos como su rostro. Parecía no tener razón en el mundo. Parecía muerto en vida. Miraba la nada, se habia ido en recuerdos de la niñez, de sus amigos del barrio, de su juventud confundida, de su esfuerzo, de los años de lucha. Miró el patiecito que su señora cuidaba con amor y creyó que quizas ella podría entenderlo. Pero ella dormía, ajena al pesar de su marido y a éste mucho no le importó.
Se abrigó con el camperón de cuero marrón y se puso a caminar por el barrio dormido. ¿Cuántos entenderían hoy su tristeza? Se sentía demolido, desesperanzado, cualquiera que lo hubiera visto habría creído ver un alma en pena.
El viejo se acercaba a la calle del centro. Había algunas casas antiguas cerca, otros edificios importantes que conservaron, aunque vieja y desgastada, su colonial estructura. Hasta que llegó. Miró la ventana de enfrente y recordó cómo siendo el menor de ocho hermanos (así como el licor) había ayudado a su padre, hermanos y tíos a construir esa casona. Sus variadas habitaciones las había pintado él cuando ya era mas grande y mientras tanto vivían en una casucha al fondo. Finalmente cuando cumplió catorce años, la familia se mudó a la casa que con tanto esmero habian levantado tras esos seis largos años. ¿Quién hubiera dicho que años mas tarde, tras morir su padre, tendrían que venderla con tal de pagar las deudas?
Hoy volvía a ella con el mismo anhelo de siempre, el mismo amorcon que la miraba cada vez que pasaba por allí. Pero hoy no había recuerdos felices.
Hoy todo era un montón de dolor.
Hoy era la despedida.

De inmediato comenzaron a llegar aquellos que, ajenos a él, iban a destruir las paredes que él habia levantado.
Esa mañana lo primero que él había concebido como hogar estaba siendo demolido.
Las lágrimas comenzaron a inundar su rostro. A nadie le importaba quién era ese loco. Los escombros comenzaron a caer y él tuvo que cerrar los ojos ante tanta violencia contra un objeto que jamás habia sido obstáculo de nadie. Hoy sí, era el obstáculo de la civilización, de las ciudades que quieren ser grandes, del avance progresivo de este mundo que no perdona el pasado.

Cuando se enteraran, todos le cuestionarían su actitud: porqué sufrir tanto, observando con impotencia, sabiendo de antemano lo que sucedería.
Él habia estado en los últimos momentos de vida de varios hermanos. No podía fallarle a esa hermana de la vida, a esa hermosura que habían creado en familia, quizá lo que mas los unió como familia fue subir esas paredes.
Renunciar a la vida de esa casa, era renunciar a toda su infancia: las escondidas en los recovecos, las charlas infinitas con los amigos, el lugar secreto perfecto donde comer los chocolates.
Todo se iba en recuerdos, se recluía a su imaginación.
Allí donde él habia crecido ya no había mas que escombros.
Escombros estaba hecho su corazón.