viernes, febrero 16, 2007

La voz a ti debida


A la noche se empiezan a encender las preguntas.

Las hay distantes, quietas, inmensas, como astros:

preguntan desde allí siempre lo mismo:

cómo eres.


Otras, fugaces y menudas,

querrían saber cosas leves de ti y exactas:

medidas de tus zapatos,

nombre de la esquina del mundo dónde me esperarías.


Tú no las puedes ver, pero tienes el sueño
cercado todo él por interrogaciones mías.

Y acaso alguna vez tú,

soñando,

dirás que sí, que no,

respuestas de azar y de milagro

a preguntas que ignoras,

que no ves,

que no sabes.

Porque no sabes nada;

y cuando te despiertas,

ellas se esconden, ya invisibles,

se apagan.


Y seguirás viviendo alegre,

sin saber que en media vida tuya estás siempre cercada de ansias,

de afán, de anhelos,

sin cesar preguntándote eso que tú no ves ni puedes contestar.



Pedro Salinas




lunes, febrero 12, 2007

Llorando en la vereda

"One may think we’re alright
But we need pills to sleep at night
We need lies to make it through the day
We’re not ok"
Uno puede pensar que estamos bien
pero necesitamos pastillas para dormir de noche
Necesitamos mentiras para seguir adelante durante el día
No estamos bien
The Perishers



Quiero sentarme a llorar en la vereda, sin que me importe si la gente me mira o si los autos tocan bocina ante el descubrimiento de mis piernas desprotegidas.
Quiero que el cordón sea mi asiento, el lugar donde extinga esta tristeza asesina, y que la calle sea mi hogar y mi reencuentro, no un peligroso paraje del cual debo huir constantemente. Quisiera no acelerar más mis pasos, sentarme a descansar bajo la sombra y que de mí solo quede un rastro, y que sean esas flores lilas que derraman los jacarandás esta primavera.




Esos jacarandás me fascinan. Plagan las calles de barrio y las que ostentan ser ciudad también; se confunden con el cielo hacia el horizonte, y por eso algunos no los ven; tiñen la ciudad de ese color tan primaveral justo cuando el sol se eleva y nos quiere abrasar con su calor.



Y el jacarandá que está encima de mí me cubre de flores al soplar el viento, quizás quiere que no llore más, o quizás sea como todos aquí y quiere que me esconda a llorar mis penas, que no muestre mis lágrimas a la gente, que la vida es seria o es fiesta y estar triste no es cosa de este mundo.
A mi no me importa.



Ya no me importa, que me vean llorar si se atreven.


Este mundo no es rosa ni es lila, no siempre hay sol cuando está despejado el cielo, yo tengo ganas de llorar en la vereda, y no me importa más que esa ola gris que me invade.


lunes, febrero 05, 2007

Breve descripción de una mañana bucólica.

Es una bucólica mañana de febrero y amenaza lluvia.
Creo que es bucólica por lo gris, o por lo húmeda. Quizás por lo melancólica.
No sé qué será en verdad una mañana bucólica, sólo sé que esas palabras identifican esta mañana y no otra. Con eso me alcanza.

Decía que era bucólica y que era febrero, pero no dije todavía que además de gris es verde, muy verde. Y este verde es oscuro y fuerte; fresco, como neblinoso, y trepa con forma de hojas sobre las llanuras y los árboles, haciendo que parezca mas estrecho el espacio entre ellos. Y si el espacio entre los árboles es estrecho podemos decir que estamos en un bosque.

Aún así, no me crean tanto estas palabras ignorantes, no dejen que la imaginación vaya tan lejos como para que llegue a los bosques de las películas, a los medievales. No, no, tanto no. Eso es demasiado mérito. Aunque por como andan los bosques, éste ya podría empezar a serlo.
En fin, a un lado se abre una llanura, un pastizal bajo poblado de algunas araucarias pobres de follaje. Me recuerdan a los verdaderos hijos de Dios, aquellos que le dedican sus pocas migas de pan: las araucarias extienden sus ramas de poco follaje ofreciéndolas al cielo, a las más altas nubes.
Hacia delante hay un sendero de tierra y piedras. Un sendero triste y seco, como las reglas muy estrictas. A mi derecha está el verde del que hablaba. Me interno en esas hojas.


Decía tantas cosas, pero me olvidé de decir que no voy sola. Me acompaña una amiga nueva, todavía no se acostumbra a mi voz: Yo le hablo con dulzura y ella sólo relincha. Le acaricio el cuello y lo tuerce hacia un lado. Me mira con un ojo redondo y oscuro e intento descifrar algo. Tristeza y aburrimiento; qué se le va a hacer, amiga. ¿Buscamos un poco de aventura?
Salimos del camino y nos adentramos en el bosque. Noto que ella aún no percibe mi intención. Le doy unas palmadas en el lomo y se pone a trotar. Las ramas crujen bajo su paso y empiezo a sentir que me confundo en ese bosque. El gris de ella se confunde con la niebla. Yo comienzo a formar parte de su cuerpo cuando el trote se agiliza y se convierte en galope. Empiezo a creer que somos una sola, que volamos sin miedo ni problemas entre las ramas de los árboles. Sus crines y mi pelo son puro viento que se entrelaza y se teje en el movimiento. Ambas respiraciones se aceleran, ambas pieles toman el mismo sabor. Empiezo a sentir que soy otra: llevo botas y bombachas de gaucho, los estribos no me lastiman, mi compañera percibe mi seguridad en las riendas. Nuestros colores son parte de un paisaje bucólico.


Poco a poco veo el final del bosque, otra llanura y allá lejos la sonora autopista. Verla es una herida en el paisaje, un recuerdo feroz de quien soy y quien no soy, así que frenamos agitadas y nos encaminamos de vuelta a la espesura verde. Allí sueño con la gran aventurera que soy, y tomo aire para calmar mi respiración y mi imaginación.

Les decía entonces, esta es una bucólica mañana verde de febrero, las primeras gotas de lluvia chocan contra las hojas lejanas de las copas de los árboles y tardan en llegar noticias de la lluvia bajo tanto follaje. Mi compañera y yo andamos sin prisa, apreciamos la aventura y la melancolía de las mañanas grises y verdes, la de las mañanas bucólicas como sólo lo es esta.