
En la Plaza hay niños y ancianos, hay turistas extranjeros y porteños que ofician de turistas. Son las tres de la tarde en la Ciudad del Plata y el sol se estampa en las veredas vacías de un domingo de enero. A unas pocas cuadras, más allá o más acá, hay bullicio de mercado y avenida, de vendedores ambulantes que a las siete desarmarán sus puestos, de músicos inventados que imitan o enseñan nuevos sonidos. El tango, la rumba y el jazz se mezclan sin distinción alguna, como extranjeros y argentinos.
Pero acá, en esta Plaza de palomas, no hay tanto bullicio. Está el ronroneo de autos y colectivos, sí, el aleteo de las palomas, el lejano susurro de la fuente, y el rumor mezclado de diversos idiomas. Frente a mí, una amiga me cuenta historias de desconocidos. Aunque quiera no puedo escucharla.
En esta Plaza están silenciados mil gritos, mil silencios. La Plaza lleva consigo un nombre para la historia, y ella es y será siempre para la historia. Tantos pies la han pisado, tantos golpes y cacerolas, tantas voces en una sola, tantos momentos decisivos, y a la vez tantos desdichados han dormido en su polvo, que en la ciudad ya se yergue para la memoria, o por la memoria. En ella se albergan muchísimas de las más grandes expresiones históricas, las manifestaciones, las bombas, los llantos, los golpes, las risas, los cacerolazos, los discursos, los festejos. Todos allí en esa pequeña plaza. Y yo, también allí, sentada, comprendiendo toda esta historia en un segundo, en un momento del tiempo y del espacio.
De pronto todas las palomas de la plaza alzan vuelo y empiezan a dar círculos por encima de las cabezas de los transeúntes, llamando la atención de todos. Mi amiga observa esa imagen que ya vivió y que igual la sorprende.
Yo sigo el vuelo circular de las palomas y lo veo como una expresión de esa memoria que ellas también conservan con la plaza. La memoria circular, del tiempo circular. La historia del país, escondida en los arbustos y las alas de la Plaza de Mayo. Y yo allí, observándola asombrada.