Eva se había prometido hacer ese viaje alguna vez en su vida. Ella era como un ave que no desea bajar de las nubes, y al prometerse estas cosas, en realidad no está bajando a tierra, más bien está alzando un vuelo imperceptible.
Por la ventanilla del avión que sobrevolaba la ciudad, Eva observaba los apretados techos de las casitas allá tan pequeñas y veía también, como una línea fina garabateando el paisaje, la brillante vía del tren. Al levantar la vista captaba cómo iba y venía el Danubio entre una orilla y otra. Con la frente pegada al vidrio intentaba captar el movimiento de la ciudad que tenía debajo imaginándola de día y de noche, en verano y en invierno.
De pronto una duda asaltó su corazón y con su característico tono naive preguntó al hombre que tenía al lado: “Señor, ¿usted sabe si nieva en Viena?” El hombre, vestido de traje y corbata, contestó que no sabía, y al hacerlo la vena de su cuello se hinchó. “Qué impresión, that vein is horribly thick.”(*esa vena es horriblemente gruesa*) pensó Eva, sonriendo ante la idea de hablarse a sí misma en dos idiomas.
Cuando la nave llegó a puerto seguro, es decir, cuando el avión aterrizó, Eva se apresuró por la emoción que la invadía. Pero en vez de zambullirse en las calles y pasajes de la nueva aventura, se detuvo ante un teléfono público, marcó el número que tenía anotado en un papel y esperó pacientemente a que del otro lado atendiera la voz de Marcos, tan cambiada por el tiempo, desde algún rincón de esa ciudad desconocida.
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