viernes, abril 20, 2007

Eva en Viena

Eva se había prometido hacer ese viaje alguna vez en su vida. Ella era como un ave que no desea bajar de las nubes, y al prometerse estas cosas, en realidad no está bajando a tierra, más bien está alzando un vuelo imperceptible.

Por la ventanilla del avión que sobrevolaba la ciudad, Eva observaba los apretados techos de las casitas allá tan pequeñas y veía también, como una línea fina garabateando el paisaje, la brillante vía del tren. Al levantar la vista captaba cómo iba y venía el Danubio entre una orilla y otra. Con la frente pegada al vidrio intentaba captar el movimiento de la ciudad que tenía debajo imaginándola de día y de noche, en verano y en invierno.

De pronto una duda asaltó su corazón y con su característico tono naive preguntó al hombre que tenía al lado: “Señor, ¿usted sabe si nieva en Viena?” El hombre, vestido de traje y corbata, contestó que no sabía, y al hacerlo la vena de su cuello se hinchó. “Qué impresión, that vein is horribly thick.”(*esa vena es horriblemente gruesa*) pensó Eva, sonriendo ante la idea de hablarse a sí misma en dos idiomas.

Cuando la nave llegó a puerto seguro, es decir, cuando el avión aterrizó, Eva se apresuró por la emoción que la invadía. Pero en vez de zambullirse en las calles y pasajes de la nueva aventura, se detuvo ante un teléfono público, marcó el número que tenía anotado en un papel y esperó pacientemente a que del otro lado atendiera la voz de Marcos, tan cambiada por el tiempo, desde algún rincón de esa ciudad desconocida.
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viernes, abril 06, 2007

Callao y Discépolo, el otro cielo

Al cruzar la calle hacia la esquina de Callao y Discépolo sé lo que me espera. En esa esquina el mundo parece romper con las reglas de la física, el espacio y el tiempo para aquellos que andan con los ojos bien abiertos. La callecita peatonal se convierte en un estrecho pasillo, una galería a cielo abierto que traza una curva perfecta, y los edificios que la resguardan conservan esa curvatura como si estuvieran dibujados, estirándose hasta arañar las nubes.


Me adentro en la galería y el silencio abrumador se expande, invadiéndome con una luz distinta. Con solo dar unos pasos salgo de un mundo de bullicio y entro a otro de silencio. Es como si de pronto estuviera en Viena o en París aunque jamás haya estado ahí. Será por la arquitectura, por el silencio, o la grandeza del lugar, pero uno se deja caminar por sobre los adoquines y baldosas de ese lugar escondido como si fuera la entrada a un portal mágico y fascinante.

Entonces recuerdo, como cuando invade súbitamente un aroma, las galerías ahogadas con café de “El otro cielo” de Cortázar, recuerdo la facilidad con la que cambiaban de nombre y de ciudad; estábamos en Buenos Aires, agobiados por el calor y la pesadez del sol; luego en París con Josiane, temiendo a Laurent y con nieve en los pies.


Ahora estoy en algún rincón del mundo, soy turista y habitante, mis pasos trazan otros ritmos, mi voz habla en otro idioma, mi sonrisa está más clara y limpia. Y al mirar al cielo ya no veo el agobiante azul de verano, sino que se desgaja en colores, franjas de un atardecer jamás visto, colores comunes en algún otro lugar del mundo inventándose aquí y ahora. Otro cielo, otro panorama, otra vida desde el rincón insólito en el que me encuentro.


Y cuando se termina esta galería – se termina enseguida, como tras un suspiro- uno quiere volver a recorrerla, quiere que la emoción y la hermosura no terminen. Uno mira atrás y ve ese mismo camino esperándolo y abriéndose como se abre el amor en su primer momento; y uno vuelve una vez más, a sentirlo, a acariciarlo con la mirada y los pasos, como hace Cortázar con nosotros, los lectores, al atraparnos en sus galerías.