"Ahora da igual seguir, parar, pasar de largo
Coleccionar retratos que viví
Emocional, sentida en un impacto
La vida es un extracto que perdí"
El cielo estaba encapotado. No gris, negro profundo; como el color de una amargura que se viene acumulando día tras día sin poder derramar una sola gota.
Estaba encerrada en casa, para variar, y al ver la oscuridad avasallante de las tres de la tarde no resistí las ganas de romper con alguna parte de ese bloque macizo que me envolvía totalmente. No importaba nada, tenía que salir, aún sin paraguas, ni siquiera con abrigo. Ya no importaba nada, excepto sacarse el tedio, la vejez de la quietud por muchos días, esa vaguedad misma que me estaba ennegreciendo.
En la calle ya todos se habían escondido en sus hogares, incluso los gatos vagabundos de la esquina: uno al lado del otro dormitaban bajo el cobijo seguro de los autos. Los árboles de otoño eran troncos con muñones que nunca serían ramas fuertes gracias a los jardineros impiadosos. Y pude sentir esos muñones secos como propios, como las ramas que dentro de mí no podían crecer (quizás por culpa de mi impiedad), aquellas que serían siempre iguales. Miré mis manos, demasiado blancas y heladas, y las sentí como muñones, como partes de mi cuerpo que ya no podrían sentirse manos más que en el recuerdo de haberlo sido. Manos como muñones inútiles que ya no pueden tocar a un alguien imaginario, porque ya no pueden escribir, ya no son la herramienta de mi alma; no las siento, tienen frío y miedo porque ya no sirven, están muertas, fuera de mí. Y yo las quiero vivas, oliendo a flores y dibujando signos en millones de hojas que guardaré sin motivo razonable.
Lloran mis manos doloridas y llora el cielo encapotado porque no quieren estas palabras anegadas, retenidas y confusas; quieren que lluevan e inunden, que corran como río, que vayan más lejos que yo, allá: a lo inalcanzable, a lo inimaginable. Con gemidos y llantos inaudibles, las nubes negras, las manos blancas y mi voz se van haciendo paso, se van desangrando con palabras que selecciono cuidadosamente y con el desdén característico del miedo a lo que puedan decir.
Por eso esa necesidad de empaparme en las calles vacías, por eso esa necesidad de gritar aunque nadie me escuche, por eso escribir palabras que nadie leerá, y luego un día, cansarme de todo y salir gritando por ahí, por aquí, convirtiendo mi voz en letras vivas, con entrañas y espíritu, letras más allá del tiempo, letras que hablen por mí.
"Días que brillan sobre el piso mojado
Me daré una vuelta para verte un rato
bajo la tormenta."
Quique González