domingo, septiembre 30, 2007

Tristeza
Impregnando el aire, las nubes, las calles
Todas las casas tras sus hierros bañadas de tristeza,
Todo el viento golpeando con tristeza;
su murmullo herido sonando en las orejas,
Revolucionando las esquinas de mi pelo.

Tristeza,
En la nostalgia de sensaciones vividas sin lugar en la memoria
En la esencia dormida que se nos escapa
En este balbuceo solitario que solo yo escucho
Respondiendo mis pensamientos, mis afirmaciones huecas.

Ya no puedo con ella.

martes, septiembre 18, 2007

Por la espalda

Caminé por las calles desiertas, o casi desiertas, de una zona de chalets. Algunos habitantes, a pesar de la hora matinal, ya estaban levantados; me miraban pasar desde los garajes. Parecían preguntarse qué estaba haciendo yo allí. Si me hubieran abordado, me habría costado mucho contestarles. En efecto, nada justificaba mi presencia allí. Ni en ninguna otra parte. Tendría que haberlo pensado dos veces antes de subirme al avión la semana anterior, pero de mucho no hubiera servido. En Argentina ya no podía quedarme más tiempo. Y el resto del mundo no era un refugio para mí.
No tenía ningún sentido estar vagando por las calles de un barrio francés a esa hora de la mañana, la gente ya empezaba su día, su café, su oficina, su mercado, y el mío todavía no había terminado. Tampoco tenía sentido haberme quedado despierto toda la noche, esperando que Laura me llamara, para darme cuenta finalmente a las cinco que esperaba en vano. Ahora que yo ya no estaba en el país no tenía porqué comunicarse conmigo. ¿Podía ser capaz de esa crueldad? ¿Dejarme solo en una ciudad desconocida, con un idioma que no hablo y sin conocer a nadie más que al conserje del hotel? ¿Sería capaz…?
Caminando me había despejado un poco de esos pensamientos, pero seguía sin encontrarme cómodo en esas calles; aún me sentía un extranjero frente a los ojos de los franceses, aún conservaba mis costumbres callejeras de argentino, aún no había aprendido a contestar bonjour a quienes se mostraban más amables conmigo.
Saqué el último cigarrillo del paquete, hice un bollo con la caja y la solté en la calle, para luego patearla con fuerza hasta que cayera por el cordón de la vereda. Me detuve a prender el pucho y cuando levanté la vista me encontré con la mirada inquisidora de un hombre viejo detrás de las cortinas de una ventana. Quise hacerme el distraído pero cuando me di vuelta ya era tarde: el hombre había abierto la ventana y me estaba hablando.
Me di vuelta y precariamente le contesté “Je ne parle pas française”, pensando que con eso me lo sacaría de encima y podría volver al hotel a desayunar. Pero para mi sorpresa el hombre me contestó como si me conociera de toda la vida. “Qué me importa que no sepais hablar francés. Ve y coge el paquete de tabaco ése. Esta es una ciudad limpia, no queremos extranjeros ensuciándonos las calles.” Me quedé helado por su contestación, no sólo era la primera vez que alguien me hablaba en español, sino que encima me trataba de esa forma tan agresiva. Como si yo tuviera algo que ver con él…. Con tal de no causar problemas levanté la caja de los Malboro y la metí en mi bolsillo, mirándolo a los ojos y como retándolo a que me hablara de nuevo de esa manera.
Sin embargo, apenas me enderecé comprobé que aquel hombre no era sólo un viejo loco, no lo sería de allí en más. Ahora veía tras las cortinas el recto perfil de Laura, su sonrisa socarrona, su pelo corto, más corto que nunca, sus ojos oscuros atrapándome otra vez. “Hola” contestó con suavidad. “Va a ser mejor que entres, tenemos muchas cosas que hablar” Sorprendido todavía por verla allí, por la curiosa coincidencia (¿lo sería realmente?), pero aún así tratando de no perder la rigidez, recordando la situación en la que ella me había pedido que tomara el primer vuelo que encontrara, recordando que no habían quedado bien las cosas y que había esperado mas de una semana que me llamara para decirme qué carajo estaba haciendo yo en Francia. Ahora por fin tendría las respuestas.

O al menos eso creí antes de entrar y darme cuenta que allí dentro Laura era la única mujer entre diez personas desconocidas, todos con un gesto en la cara que me daba a entender que ni mi presencia allí ni ninguna otra cosa que pudieran decirme era una buena noticia. Bastó el beso traicionero de Laura para comprender que el siguiente paso sería un tiro por la espalda.

domingo, septiembre 02, 2007

En la feria

Cuando cruzamos la calle no creímos que podríamos meternos en semejante lío, apenas si se veían unas cuantas personas y una enorme pila de cajas de madera rodeadas de verde. Pero fue pisar la esquina, cruzar al hombre con delantal blanco que metía cuidadosamente unas lechugas en una bolsa, y a partir de ahí una marea de gente, naranjas, manzanas, olor a pescado fresco, señoras con carros y bolsas, y la imposibilidad de avanzar en ese movimiento acompasado, entre precios por kilo y ¿algo más?. Me doy vuelta, riéndome por nuestra viveza, mira que ir justo a meternos en este embarullamiento a esta hora, qué me importa y te reís divertido.
Y esta música de calle que nos va llenando los oídos, ni que fueran acordes acompasados, bien sabemos que nadie los dibujó en un pentagrama, y sin embargo todos allí cantando precios, cantando naranjas, cantando “como le va, doña” y “con permiso”. Y quién podría escuchar esto como música, somos nosotros, soñadores de almas, el más mínimo ruido y lo entendemos por ese lado.
Y aunque escuchemos esta música de barrio, aunque veamos los colores de esta feria apretujada, sabemos que hay cosas ocultas que no se callan jamás adentro nuestro, y es entonces, cuando al pasar un auto rojo en el medio de la avenida haciendo que corran los perros que descansaban en el asfalto, me inunda una ola de recuerdos, de Renaults rojos, de aromas a vacaciones, de soles de verano, de imágenes llenas de emoción ¿Cómo te las transmitiré al verte de nuevo a los ojos?

Codeando un poquito aquí y disculpándome otro poquito allá, salgo del barullo y miro hacia atrás, esperando a que salgas vos. Claro, cómo vas a salir, si en medio del camino me olvidé que estabas conmigo y me puse a pensar en esos recuerdos coloridos de mi infancia; cómo vas a salir de ahí si te dejé olvidado. Me doy cuenta, no puedo llevarte conmigo a todos lados… y sin embargo no puedo evitar traerte, guardarte en un bolsillo, y hacerte salir cuando me pongo contenta y colorida, imaginar que te cuento este paseo de naranjas y lechugas, de pelucas y ruleros; y luego, cuando me olvido que te traía conmigo, cuando me voy un poquito hacia fuera, cuando recuerdo cosas que tenía que hacer, cuando alguien me cruza, entonces me hacen volver a las calles por las que camino…
Me alejo de la feria, cruzo la avenida y me interno en el parque, lleno de perros, turistas y corredores. Ah cierto, ahí estas, ya te vi, ¿te pensás que no conozco esa canción que está sonando? Dale, vení a sentarte acá al lado, quedate cerca pero no tanto, ¿sabes? Puede que a veces te imagine con demasiada nitidez, entre tanto naranja y verde.