Mil caras. Yo tengo mil caras.
Todas ellas distintas, todas ellas son yo, quiero ser todas ellas.
No soy ninguna.
Soy una fusión de caras incomprensible;
mi rostro es finalmente una masa deforme, sucia, mal trazada.
Mi rostro lleva las heridas del miedo, las pinturas del deseo.
Mi rostro es mil rostros diferentes, pero no soy ninguno de ellos.
Mi rostro lleva las heridas del miedo, las pinturas del deseo.
Mi rostro es mil rostros diferentes, pero no soy ninguno de ellos.
Van llenando espacios, van dibujando horizontes, ¿pero cuáles se quedan hasta el final de la fiesta, hasta el momento en que caen los velos y las fuerzas, hasta que uno se encuentra en el fondo casi tibio de un vaso que no terminó de beber?
A la hora del frío y las distancias no hay rostro. Al menos no está aquel del principio. Hay un vacío esponjoso, como el deseo entre quedarse e irse, como ese pegajoso intento de ser uno mismo y a la vez ser el rostro de turno. Ese deseo de dar todo cuanto haya por dar y no morir en el intento, no ser demasiado extravagante, demasiado triste, demasiado... Ese impulso por replegarse a los propios confines, donde no haya necesidad de tener una cara ni de dar explicaciones.
Cuando me encuentro frente a esta hoja en blanco tengo un rostro, el que creo mío propio. Los otros también son míos, debo aprenderlo. Pero es aquí, realmente, donde puedo verme a los ojos, ver mi rostro desfigurado en letras que resbalan junto al cursor. Aquí pongo mi rostro frente a mi rostro, mi cara frente a un espejo. Un espejo que me dice que tengo esas mil caras coloridas.