lunes, abril 18, 2011

caminando

Allí, donde no había surco que seguir, aprendí de qué se trataba caminar. En el momento no podía comprenderlo, por qué sentía eso ni cómo explicarlo. Pero después, cuando tuve que volver a hacer los senderos recorridos, gastados, viciados, recién ahí supe que hasta entonces no había realmente caminado en toda mi vida.

Tenía los pies heridos, de haberlos arrastrado por tantas calles; tenía el cuerpo cansado, porque de verdad estaba sintiendo qué había bajo las suelas, las irregularidades, los desvíos. Porque estaba viendo con mis ojos que no había sendero posible, que todo paso era decidido a cada instante. Que debajo crujían ramas, hojas, tierra, minúsculos insectos. Y frente a mis ojos había tanto espacio, tanto hueco entre los árboles, tantos recovecos bajo las ramas, junto a los arroyos, tantos lugares donde pisar y avanzar. De eso se trataba caminar, de no seguir ningún paso, sólo descubrir dónde pisar; pero no podía verlo entonces. Me faltaba el aire, tantas direcciones me mareaban.

Lloré, recuerdo. Estaría apabullada de tanta hermosura, yo tan ciega. Ciega de espíritu, de tanto sendero indicado, de tanta orientación sencilla en las ciudades.

Una vez que se ha visto de qué se trata caminar realmente, las ciudades –ese hogar tan turbulento- se vuelven enemigas, te desorientan, te deshabitan. Te recuerdan que sos extranjero, que allí sólo se deben seguir las huellas, las pisadas de los otros, los sentidos de las calles, las órdenes de los semáforos, las bocinas y los relojes. Si no cumplís los requisitos enseguida te expulsará, te llenará de combustiones horribles, de calles sin sombra, de autopistas siniestras, de palomas aplastadas, de colectivos chirriantes a toda velocidad, de rostros muertos de tan poco vivir.

Hay que olvidarse de caminar, te grita la pobre exhausta. Y no te deja rincón donde llorar, no te deja, rincón donde socorrerte, porque hasta en los edificios rotosos te reclaman un pasaporte, una prueba de tu idiosincrasia, de tu pertenencia a la elite de la mugre. Los pies ya lloran de tanto cemento, tanto taco, tanta paloma pegoteada, tanto agujero en la suela, tanto charco escondido. Y recuerdan, recién entonces, la desorientación de sentirse libres, el “a todas partes” que antes los enloquecían de placer, porque realmente se podía ir en todos los sentidos, porque realmente no había camino –aunque sí, aunque me obstinara en señalarlo día a día, hora a hora. Ahora sé que se trataba de caminar, y que no podía entenderlo. Quizás por el miedo.

2 comentarios:

  1. Hace rato que no te leia. Es muy lindo lo que escribís y la música le da ese no se que que lo hace especial al blog.
    Saludos.-

    ResponderEliminar
  2. Gracias por lo que decís, María Julia! :)
    Me pregunto si la música es imaginada o si todavía quedó el eco de cuando ponía canciones en el blog :)

    Gracias por haber vuelto a pasear por acá! Saludos!

    ResponderEliminar

Quienes dejan brotar las palabras...