sábado, abril 12, 2008

Un café roto

Escuchando los arpegios de esa sonata, con la espalda vuelta al piano y apoyándose en el respaldo del sillón, pensó en las pocas posibilidades de escape que tenía. No era una sensación definida, pero se parecía mucho a aquella ansiedad que nos invade cuando lo que esperamos no sucede. Sentía que apenas se callaran esos sonidos, podría invadirla una tormenta silenciosa o llevársela una corriente de gritos. Hubiera querido salir corriendo por la puerta de entrada, allí tan cerca. Hubiera querido soltar el café que tenía entre las manos y dejar que la taza de cerámica se estrellara contra el parquet, y se fragmentara en pedacitos que sonarían al compás de la música, para luego escuchar cómo se detenía abruptamente, y las manos que antes bailaban sobre el piano se pusieran a juntar los pedazos rotos y aún calientes; y ella siguiera quieta y dura, de pie, impasible, contemplándolo todo como si no estuviera allí, como si su cuerpo fuera una imagen ajena, que se olvidó en algún lugar del mundo. Hubiera querido gritar y llorar, pero nada de esto pudo. Se quedó quieta, escuchando esa sonata interminable, deseando a su vez que jamás terminara, que jamás sonara la voz tras las manos, que jamás se escuchara ninguna voz humana. Ni siquiera la propia.
Pensó luego, al cambiar los tonos y la velocidad de la música, que nada tenía que hacer allí, había llegado por impulso, y se había quedado como una espectadora secreta, silenciosa y oculta, en la oscuridad que imponen los edificios de la zona a esa hora de la tarde. El café humeaba en sus manos y cada tanto le daba un sorbo, esperando que tal vez ese calor le inundara el alma, le permitiera sentirse en calma y olvidar el cuerpo agobiado, y el alma errante y entristecida. Cuánto deseaba aferrar esas manos musicales y acercarlas a su corazón, cuánto deseaba abrazar esa espalda que se imponía sobre ellas, y dejar que la distancia no fuera más que una vieja fantasía. Pero no pudo evitar que al pensar esto una risa irónica se le marcara en el rostro al mismo tiempo que sentía las lágrimas abismarse en sus ojos. Con cuánta fuerza deseaba que el tiempo y el espacio congeniaran allí mismo para que él se diera vuelta y la viera, y ella volteara también su espalda y ya no fueran dos espaldas una contra la otra, sino dos miradas, una frente a la otra, y ya no un piano y un café sino una mano sobre la otra, y otra mano sobre otra mano y así infinitamente, una sobre la otra, formando una torre de Pisa imaginaria.
Entró una brisita por la ventana y ella se sintió con mucha vida otra vez, energizada por la frescura como no lo había sido por la tibieza que sostenía entre sus manos. Y entonces no quiso pensar más, ni tener miedo ni cansancio, ni sentir distancia ni tiempo. Y se volteó. Unos acordes disonantes sonaron a destiempo y allí frente al piano no había nadie, ni la sombra ni el rastro; sólo unas teclas amarillas que parecían no haber sonado nunca. Su voz se aunó en el estrépito de la taza contra el piso, sin desear que así fuera, pero sus manos tan blancas y débiles temblaron de terror y se alzaron en el aire frío.
Corrió al living asustado, el ruido sonaba claramente desde allí; ¿cómo podría ser si no había nadie cuando dejó la habitación? Pero en el suelo estaba la taza destrozada, un fondo de café humeante estirándose sobre el parquet y los restos de la taza con la marca de unos dedos fríos contra la transpiración tibia del café. Pensó en ella, aunque no quiso hacerlo. En ella, y en los dos, ambos rotos y destrozados. Pensó en que podría no haber distancia ni tiempo, pero aún así estaban, en silencio, la vida poniéndolos espalda contra espalda, poniéndolos de frente, jugando con ellos y sus mundos como si no sintieran nada, como si las marcas en el parquet no quedaran.

2 comentarios:

  1. emocionante Ayelén. "Como si las marcas en el parquet no quedaran". Sin aliento llegué hasta el final de este tu camino de palabras y lo único que asomó fue una sonrisa. De saberte, de imaginar todo lo que decías y lo que no decías. Sonreí cuando ella en el texto sonrió. Creo que quiero entrar a este texto ya mismo. Me encantó. Es película.

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  2. Genial, simplemente genial.

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