lunes, julio 31, 2006
El destino de mi mitad
Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo."
M. Yourcenar.
Leo a Yourcenar diciéndome todas estas palabras amargas, y no sé cómo pedirle que me explique cuánto de verdad tienen y cuánto de esa nostalgia que nos arrebata el corazón al ser incomprendidos. Ya alguien me sacó la ilusión de que sí hay una figura que no puede inscribirse dentro de un círculo, cuando yo creía maravillosa esta afirmación. Entonces debo remitirme a la anterior, a la que me da miedo pronunciar pero sé que Debe ser pronunciada.
«Por mucho que yo cambie mi destino no cambia.»
Siento el peso de esas letras en mi espalda. No importa cuantas vueltas haya dado desde aquel entonces, sigo siendo la misma, sigo cargando el estigma de quien fui, de quien ya no quiero ser. Entonces veo repetirse ante mis ojos las mismas escenas, las mismas palabras dichas hacia y desde mí; intento escapar de este sitio al que regresé, y no entiendo porqué si yo estaba ya tan lejos, tuve que caer de nuevo en esta muerte. Dime Marguerite, porqué no puedo yo cambiar ese destino incierto, que jugando al “deja vu” me hace sentir lo mismo repetidas veces.
¿Por qué no podré yo cambiar esa esencia meltífica? ¿Qué debo hacer para que desaparezca el veneno de mí? ¿Qué debo ser?
Y ella sigue repitiéndome maléficamente que no podré salir de este círculo vicioso. Maldito sea el destino que me impide cambiar. El destino no existe.
¿O sí?
No has de existir, destino, porque yo lo decido. Ya no existis para mí. Sos un punto en el pasado, un punto hacia el que no miro más. Y aunque siga siendo la misma, ya no soy la que fui. Ahí no entrás destino: decido cuál mitad se muere y cuál mitad renace. Y ahí no tiene nada que ver mi destino errante, mi destino muerto; ahí soy yo la que decide, ahí soy yo la que cierra esa puerta con tal de que no pueda dar jamás un paso atrás.
Ya no soy lo que fui, y por esto mismo es que no soy más destino.
jueves, julio 20, 2006
Sos ciudad, mi Buenos Aires
Y yo qué más puedo hacer, más que moverme en tus calles atestadas y sentir que no soy nadie, nadie me ve, y hay tantas caras nuevas, caras que no veo ni veré jamás, y reconozco con facilidad las almas conocidas, porque son únicas en esa marea humana, son las únicas luces en las calles. Y de noche todo pareciera encenderse, muchos puntos, aislados y estáticos, que brillan en la noche y se ocupan de reemplazar sin éxito a las estrellas.
Sos brillante, Buenos Aires. En vos nadie duerme ni se detiene, en vos todos corren, en vos todos viajan por mundos diferentes en cada cuadra, y sin embargo es seguro que nadie sale de su mundo. En tus calles no hay más autos que los amarillos y negros, si hay otros son apenas unos pocos que se confunden con el cemento que te llena cada recoveco. Y estás tapizada, mi Buenos Aires querida, de tantos siglos de cultura e historia, de dinero y soledad, de gente, tanta gente; y están ya escritas tus calles y los libros en tu nombre se multiplican. Yo te leo desde J. y veo cuántas rayuelas jugamos en tus calles.
Sos opaca y resistente, se erige desde tus pies una montaña de edificios, ladrillos, asfalto, adoquines, ventanas, puertas, baldosas y metales que se mezclan en una masa indefinida y atemporal, porque en vos se combinan los siglos desde tu independencia, se combinan la modernidad y la decadencia en sus extremos arquitectónicos.
Sos enorme y pequeñísima, todos tus centros están tan lejos que nadie percibe la cercanía entre ellos, y en tu orgullo te enormeces y te hacés gigante a los ojos ajenos, los que te miramos desde afuera como al monstruo que nos encanta primero y luego nos devora.
Sos ecléctica y mestiza, sos un espíritu demasiado grande que se abre sin freno en rutas y autopistas salvajes hasta los extremos del mundo, y abarcas tanto que podrían sonar al unísono los mejores tangos junto con las cumbias más populares, y serías siempre vos, Buenos Aires, la única y la dual.
Sos perfume, de esos que envenenan el alma con dióxido de carbono, de esos que nublan la vista y te hacen toser. Sos árboles verdes en plazas del centro, árboles que respiran nuestros inventos tóxicos y a cambio nos dan aire celeste, y el aire enseguida se mezcla con el humo y nuestros pulmones se tiñen lentamente color ciudad sin que apenas lo percibamos.
¿Por qué serás tan gris a veces, Buenos Aires, si tenés la posibilidad de ser tantos colores? ¿Por qué tendrás que tapizarnos el cielo con carteles inmensos para que así nosotros soñemos un día con verlo? ¿Por qué me dejás aún con palabras en la boca para que no deje nunca de hablarte y nombrarte? ¿Por qué serás tan hermosa que no puedo dejar de mencionarte ni de pensarte, a pesar de todo lo que sos y devorás día a día?
Eres ciudad inmensa, Buenos Aires, y eres por esto la ciudad más extraña del mundo.
sábado, julio 15, 2006
La violencia en los niños
Martin Luther King

La paz no es una realidad, pero no es un imposible, no hagamos una realidad de lo que no es, ni de lo que podría ser una imposibilidad futura, no hipotequemos el poder creer para comprar resignación y espera.

Los adultos de hoy TENEMOS LA IMPOSTERGABLE OBLIGACIÓN de convertirnos en los niños de ayer para recuperar la inocencia de soñar y construir con ella el mañana de nuestros hijos HOY. 
HIJOS DE TODOS, todos y cada uno de ellos, de todos y cada uno de nosotros, sobre toda raza, color y credo, sobre toda nacionalidad, sobre toda condición social, sobre lo propio y lo ajeno.
LOS NIÑOS SON NUESTRA MÁS GRANDE ESPERANZA, no hacer nada al respecto es darle la bienvenida a permanecer esperando la muerte en vez de luchar por la vida, es dejarse estar abandonado a la suerte de que tal vez y solo tal vez, llame a la puerta del vecino la próxima desgracia.

Es importante que hablemos de esto, que no nos quedemos callados, en estos días se ha empezado una campaña para difundir la idea de hacer algo por los niños. Espero que tu querido lector, te sientas impulsado a colaborar con tu parte.


Tan simple como levantar la voz, como solidarizarte y utilizar tu espacio para expresar lo importante que es la niñez para el mundo. Piensa un poco, hijos de la guerra, hijos del hambre, hijos de la desesperanza. Debemos hacer algo por ello. Es sumamente necesario.

Basta con abrir la boca y gritar, y decir todos somos niños y merecemos algo mejor que esta insensata realidad que nos construyen día a día esos adultos animalizados que se han olvidado por completo de sus niños.

ESTE VIDEO ES UNA ALTERNATIVA PARA QUE TE HAGAS PARTE DE ESTA CAMPAÑA. PERO SI QUIERES ELEVAR TU PROPIA VOZ, ADELANTE. LO IMPORTANTE ES HACERLO, LEVANTARSE Y UNIRSE A LA CAMPAÑA.
http://www.youtube.com/watch?v=dqCiKiEAYYk
Para tomar el video y pegarlo en sus respectivos espacios en la web acceder al siguiente link y copiar a la derecha de su monitor el html correspondiente.
YO NO HE CREIDO NUNCA EN LAS CADENAS, PERO SI CREO EN UNIR LAS VOCES EN UN SOLO GRITO, RESPETANDO LA INDIVIDUALIDAD Y LA DIFERENCIA. ESTE ES MI GRITO POR LOS NIÑOS, ESTE ES MI GRITO QUE NO SE OLVIDA QUE SIGO SIENDO UN NIÑO Y QUE ES QUIZA ESO LO UNICO QUE ME SALVA. UNETE A LA CAMPAÑA, UNETE AL GRITO. LEVANTA TU VOZ.
Texto e imágenes son de JAG. Me parecen excelentes, me resulta la mejor forma de mostrar y explicar este asunto. Disculpen que no sepa cómo incluir el video en el post, ojalá puedan acceder al vínculo para verlo.
Gracias JAG!
Besos!
Aye
jueves, julio 13, 2006
The Bernard’s mistery
Yo estaba muy compenetrada en cómo Bernard vagabundeaba en las calles de una ciudad sin nombre, cómo se pasaban con velocidad las páginas de ese cuento corto de un autor anónimo, de un autor Jota. Se ve que en tanto movimiento del colectivo debí haber salido volando por una de las ventanas, y aterricé sin golpe en alguna calle desconocida. Miré a mi alrededor poco asombrada, parecía una calle céntrica llena de gente, pero se diría que nadie notaba mi presencia. Intenté fingir que no pasaba nada, seguí leyendo mi libro, y mientras tanto caminaba. Al parecer podía hacer muy bien las dos cosas, porque todo alrededor fluía pacíficamente, entre colectivos que saltaban y niños en guardapolvos blancos que corrían cegados por la emoción.
Bernard caminaba a mi lado, me miraba atento, y se movía a la par mío, sin chocarse con nada ni nadie, enfundado en su bufanda escocesa. Yo casi ni le prestaba atención, al principio creí que era un desconocido pero cuando quise preguntarle quién era, salió corriendo de mi vista. Yo sabía que era Bernard, estaba segura, quizás se había caído del libro con tantos saltos; lo sabía porque su presencia era fuerte y la bufanda escocesa flameaba radiante a esa hora del mediodía aunque no hubiera sol. Definitivamente era él, que nunca se animaba a mostrarse si no deseaba hacerlo. Decidí que era hora de guardar el libro en la mochila, cuando volviera a casa podría seguir leyéndolo sin Bernards que se entrometieran.
sábado, julio 08, 2006
Mi trenza y yo

Me miro al espejo.
Me cuesta tanto reconocerme en el vacío alrededor.
Pero me miro y me siento distinta, veo en mi reflejo huecos que ya no están más. Tengo una sonrisa limpia, no radiante pero tampoco gris, mis mejillas tienen algo de color. Y en esta opacidad extraña es que reconozco mi cuerpo completo en la oscuridad del día.
Soy yo, lo sé, aunque me cueste reconocerme.
En este espacio vacío, en un tiempo ilimitado, en un vidrio con papel reflejo, es que me encuentro tan rara como siempre lo fui. Irreconocible, pero yo. Y como se entiende esto no lo sé.-
Y mientras pensaba todo esto, con las manos y las sonrisas se tejió una trenza.
sábado, julio 01, 2006
La pared
dime, quién te espera esta vez?
Ya ves, todavía me envenena
Pero ya no puedo retroceder”
Pequeño Rock & Roll . Quique González
Me encontré esperándote en los umbrales vacíos de estaciones, que ya sé que carecen de umbrales, y sin embargo yo realmente estaba allí, ilusoriamente sombría. Crucé este umbral y fui a la puerta del fondo, la abrí y daba a un corto pasillo, con dos o tres puertas laterales y una última al final. Comencé a cruzar, puerta tras puerta, los cientos de pasillos que formaban un extraño juego laberíntico, y yo, cómplice de éste, avanzaba casi sin notar la repetida estructura tapizada en diferentes colores. Quedaban abiertas, unas tras otras, dejando el umbral de la estación inexistente oscuro y pequeño como un punto en la lejanía de puertas.
Acostumbrada al juego abrí la que sería la séptimosexta puerta y al avanzar choqué contra una sólida pared de ladrillos. Todavía sorprendida por el golpe me quedé contemplando y pensando en mis opciones. Lo primero que se me escapaba eran las ganas de sentarme a llorar porque el extraño juego había concluido y no podría volverlo a jugar desde el principio. Consideré entonces volver al principio y recomenzar como si nada, pero estaba segura que volvería a frustrarme. Se me ocurrió que quizás podía irme por alguna de las tantas puertas laterales de cada pasillo, siempre habían estado ante la posibilidad de no querer avanzar. Sin embargo, ¿qué me retenía a avanzar? ¿Una pared? Podía animarme a romperla con las uñas y tras desangrarme los dedos cruzar la misteriosa puerta obstaculizada. ¿Por qué no elegía el camino difícil, siendo que siempre me jacté de mi masoquismo involuntario? Podía chocar y chocar hasta caer, o hasta atravesarlo por fin. Tenía que imitar “The Wall” y precisamente romper mi pared, lentamente hecha en mi vida, en mi mente. Tenía que poder romperla y atravesarla, tal cual la película.
Porque yo no me quedo en el molde, yo no me muero estática. O avanzo o avanzo, no hay otra salida. Siempre avanzo hacia un destino, un camino que yo sueño que sueño. No es necedad ni insistencia, es mi determinación de hacer lo que siento.
Inevitablemente lo haré, aunque me sangren los dedos.