"ella también se cansó de este sol,
vino a mojarse los pies a la luna..."
Spinneta
La noche, imponente poseedora de sus sueños y sus miedos, la esperaba al otro lado de la esquina, con un ramo y una voz, dispuesta a canjeárselos por algo preciado. Un ramo de flores, naturaleza viva y naturaleza muerta, a cambio de un ramillete de ilusiones, atadas entre sí como globos, ilusiones que no llegan a ser extravagantes pero que tampoco escatiman en gastos. Y una voz, a cambio de un corazón capaz de sentir algo, algo que muchos llaman amor.
Ella fue a la esquina, era la hora pactada, y allí estaba la noche, de negro y brillantes, ansiosa por salir a disfrutarse con las mejores armas. Ella, de jean y zapatillas, se quedó en esa esquina, esperándola, con un ramo medio seco en una mano, y en su garganta una voz dolorida, mientras la otra se llevaba su corazón virgen y unas ilusiones tontas.
Qué beneficio tendría este canje para ambas, lo desconocía. Pero ella había insistido tan fervientemente en que le hiciera ese favor, que ya casi accedió contenta por lo que recibiría a cambio.
La espera se hizo eterna, como la noche en vela y soledad, y ella sentada en esa triste esquina por la que ya nadie pasa. Una luna redonda se hacía espejo en los charcos, y no era una sino doscientas en todos los charcos de la calle.
El ramo le sonreía hastío, y su nylon hacía eco a las carcajadas de las flores. Y ellas no sé si reían porque ya estaban secas o por la voz desarticulada que recordaba estrofas que fácilmente entonarían un tango.
En la lejanía se acercaba contrastante la noche en su vestido negro. En una mano traía el corazón hecho un bollo de papel, y en la otra las ilusiones como un manojo de hilos sueltos y opacos; todo manchado por la histeria, la lujuria, la desesperanza del amor.
Le confesó que de nada sirvió el canje, sólo consiguió aumentarle los miedos y entristecer sus sueños, y con todo esto tendrá que cargar la noche, porque ya no hay quien de día la escuche con tanta dedicación.
La voz con la que ella se cantó canciones volvió a su anterior cuerpo, dándole arrullo. Y el ramo, ya podrido, decidieron dejarlo en esa esquina. Puede que la mañana siguiente ya no aparezca. Puede quizás que permanezca allí por siempre, recordando el momento en que ella quiso deshacerse de sus sueños y no pudo, recordando que en otro cuerpo ellos no funcionan por sí solos. Para recordarse que esa noche aprendió, que sólo ella puede cargar con sus esperanzas y su corazón abollado, sólo ella sabe orientarlo y cuidarlo. Y sólo ella sabe como llevarlo al mundo sin que se haga trizas en un miserable instante de ligereza.
