jueves, agosto 31, 2006

La noche de los sueños rotos

"ella también se cansó de este sol,
vino a mojarse los pies a la luna..."
Spinneta

La noche, imponente poseedora de sus sueños y sus miedos, la esperaba al otro lado de la esquina, con un ramo y una voz, dispuesta a canjeárselos por algo preciado. Un ramo de flores, naturaleza viva y naturaleza muerta, a cambio de un ramillete de ilusiones, atadas entre sí como globos, ilusiones que no llegan a ser extravagantes pero que tampoco escatiman en gastos. Y una voz, a cambio de un corazón capaz de sentir algo, algo que muchos llaman amor.
Ella fue a la esquina, era la hora pactada, y allí estaba la noche, de negro y brillantes, ansiosa por salir a disfrutarse con las mejores armas. Ella, de jean y zapatillas, se quedó en esa esquina, esperándola, con un ramo medio seco en una mano, y en su garganta una voz dolorida, mientras la otra se llevaba su corazón virgen y unas ilusiones tontas.

Qué beneficio tendría este canje para ambas, lo desconocía. Pero ella había insistido tan fervientemente en que le hiciera ese favor, que ya casi accedió contenta por lo que recibiría a cambio.
La espera se hizo eterna, como la noche en vela y soledad, y ella sentada en esa triste esquina por la que ya nadie pasa. Una luna redonda se hacía espejo en los charcos, y no era una sino doscientas en todos los charcos de la calle.
El ramo le sonreía hastío, y su nylon hacía eco a las carcajadas de las flores. Y ellas no sé si reían porque ya estaban secas o por la voz desarticulada que recordaba estrofas que fácilmente entonarían un tango.

En la lejanía se acercaba contrastante la noche en su vestido negro. En una mano traía el corazón hecho un bollo de papel, y en la otra las ilusiones como un manojo de hilos sueltos y opacos; todo manchado por la histeria, la lujuria, la desesperanza del amor.
Le confesó que de nada sirvió el canje, sólo consiguió aumentarle los miedos y entristecer sus sueños, y con todo esto tendrá que cargar la noche, porque ya no hay quien de día la escuche con tanta dedicación.
La voz con la que ella se cantó canciones volvió a su anterior cuerpo, dándole arrullo. Y el ramo, ya podrido, decidieron dejarlo en esa esquina. Puede que la mañana siguiente ya no aparezca. Puede quizás que permanezca allí por siempre, recordando el momento en que ella quiso deshacerse de sus sueños y no pudo, recordando que en otro cuerpo ellos no funcionan por sí solos. Para recordarse que esa noche aprendió, que sólo ella puede cargar con sus esperanzas y su corazón abollado, sólo ella sabe orientarlo y cuidarlo. Y sólo ella sabe como llevarlo al mundo sin que se haga trizas en un miserable instante de ligereza.

viernes, agosto 25, 2006

Instantáneas

Hoy, por unos instantes, me detuve entre los cartones de tu guarida y me senté cerca de la humedad y la oscuridad que ocultan tus ojos negros, y pude acompañarte, unos instantes, en la penuria diaria de dormir en los recovecos oscuros.

Hoy, por unos instantes, me sentí turista de todas las calles vistas. Hablé en otro idioma, vestí otra ropa, caminé de otra forma, por sólo unos instantes de ciudad.

Hoy, por unos instantes, fui todo lo que sueño. Tuve frente a mí los libros, los cuadros, las fotos, los diarios y fui parte viva de todos ellos, aunque fuera sólo por un momento.

Hoy, por unos instantes, tuve la casualidad de cruzarte entre la gente. Te miré a los ojos y lo dije todo y recibí a cambio tu sonrisa distraída, que tras unos instantes se esfumó en la vorágine de la gente.

Hoy fui presa del pánico, sólo por unos instantes, en que los horarios de oficina pública marcaban una especie de latido en mi atolondrada respiración.

Y todos estos instantes se fueron desplegando ante mis ojos como picardías de mi imaginación, que me traicionaba al hacerme reír en silencio, al cantar sin sentido ni música, al dejar mi alma atrapada en los torbellinos de cada esquina, siendo que el cuerpo seguía impertérrito caminando contra la corriente.

Hoy, por unos instantes, tuve todos los instantes de mí.

sábado, agosto 19, 2006

insoportable sopa de letras

Nuestra relación debe ser una sopa de letras, imprecisa e infinita, diciendo millones de cosas que no vemos ni captamos, y buscando, por supuesto cosas diferentes, por lo cual jamás obtendremos el mismo resultado. Vos buscás las simples, yo las complicadas.

( Y a la vez recuerdo cuando me pregunto porqué tendrán que gustarme tanto las palabras que empiezan negando, será una búsqueda inconclusa ya que no es imposible el infinito, es éste inacabable y me resulta indescriptible, sería inútil intentar definir algo tan insólito, sería una definición inexacta o quizás demasiado ingenua, podría obtener un resultado inimaginable quizás hasta inusual, pero jamás obtendría la inmortalidad por ello. )

Y mientras ustedes y yo nos cansamos de in, puedo seguir hablando como en una sopa de letras, en la que se empieza siempre con la misma letra y se obtendrían tantos resultados como vidas posibles en este mundo, quizás por lo mismo del infinito. Ustedes entenderán lo que quieran entender. Yo vivo múltiples vidas en una sola.

Me encantaría que me preguntes, pero nunca te animarás, tienes aún la sonrisa tibia del desencuentro, y yo que no volví a enamorarme, sencillamente veo e imagino demasiado.
Y no quisiera jugar contigo ni con nadie, porque en esta sopa de letras está todo lo que no te dije, lo que no me quedó por decirte y lo que jamás te diré. Y tantas cosas que no sabés ni sabrás quizás. Porque no te importa saberlas y no me importa que las sepas.

A pesar de la multiplicidad, la vida no es siempre juego, y el juego termina en trampa, en calle sin salida, y el corazón se desacelera como cuando a uno lo han encontrado en su escondite y ya es tarde para gritar ¡piedra libre!.
Y como la sopa de letras permite una libre interpretación, ustedes tomarán letras o palabras y empezarán a comprender desde ahí, lo que sepan comprender.

domingo, agosto 13, 2006

La esquina



Escrito por Jota y Aye.


Bajo su abundante flequillo se esconde una mirada desconcertante y esquiva. La presencia de una, ella y ella misma le son suficientes. Los tacos se mueven impacientes sobre los adoquines; parece que anhelaran a alguien.
La espera es exacta: tus horas llevan las mías. Aquí, la soledad inmensa de saberse un alfiler en este pajar que es la ciudad donde una esquina te encadena y el eje suele ser uno mismo. Y un asfalto, y un adoquín. O mi taco.
Está parada en la esquina de Belgrano y Perú. Podría decirse que nadie, excepto yo, la ve. Parece ansiosa: se mira a las uñas, luego los pies. Como si quisiera escaparse volando fija su mirada al cielo y deja que las nubes se mezclen en sus ojos; quizás ella pueda ver algo más atrás del concreto de tantos edificios. Yo la veo que imagina, y con lo que eso significa.
Luego se detiene en el balcón. Es gracioso verla intentando vislumbrar lo más que pueda de la habitación; podría ser un intento de internarse en ella y escapar de esta ciudad tan atrapante.
Dijo que me calle o mi calle. Dijo también que aquí me encontraría, pero un balcón no soy yo, y un nombre no es tampoco mi otra parte. No hay más divisiones posibles: los segundos me fraccionan y, a la vez, sí, me hieren. Y los minutos –aún sin ser horas- me incuban, me contienen y enferman. ¿Cuándo aparecerá la imagen de alguien que yo sé doblando la esquina? ¿Cuándo la sombra será un anticipo de ti y no un mero final?
En sus ojos cambia algo, no sabría decir qué. Mira la hora, entre asombrada y confundida. Hace un ademán, como si se fuera a deshacer del reloj carcelero del tiempo, constante juzgador. Pero este no se desprende de tu muñeca.
Ella se mira en la vidriera y se reconoce en el reflejo. Yo ya no resisto la tentación, no resisto más ver su confusión y desesperanza por mi atraso. Ella se peina un poco, mientras yo me acerco.Ojalá no me vea. Ojalá siga de espaldas a mí.
Tu presencia sería la llave que abre todo futuro. Pero ella no es una llave, es un vidrio transparente que por alguna de esas casualidades refleja tu imagen de recién llegado. La esquina y las sombras aquellas poco importan.
Eras un poco más de lo que se iba. Y eso era probablemente mayor que todos los minutos pesados en una balanza de carnicería de barrio porteño.
Y entonces nuestras miradas colisionan; ella ve mi reflejo unos pasos antes de llegar, y voltea rápidamente para ver si soy real, si estoy allí de verdad. En ese instante en que la vi a los ojos y reconocí en ella la calle por la que siempre quise caminar fue que desaparecimos de esta geografía y nos disolvimos, quizás en el aire, quizás en el eterno goce del encuentro entre dos páginas de un mismo libro que no ha sido aún escrito.

lunes, agosto 07, 2006

Te veo alejarte en la noche

Te veo alejarte en la ciudad, te veo perderte entre los autos y las luces, que lejos de iluminarte, te confunden aún más con la noche, con esa misma noche que llevás vestida, con esa misma noche que es tu aire y tu perfume.

Me quedo pensando en los misterios de esta vida, en las veces que río en consecuencia de la ironía, en los pasados equivocados, en los futuros que no seré.

Tras perderte te sigo, en esta noche iluminada, desconociendo tu paso pero bien atenta a no confundirlo. Y todas las calles llevan tu nombre, como una guía inexorable señalando adonde voy. Y todas las personas tienen tu mirada, tus ojos miel de invierno; tu sonrisa adornada, brillando en cada estrella, y tu voz profunda repitiendo mi nombre una y otra vez. Mi nombre luce tan hermoso sonando de tu boca.

Y mi nombre dicho por mí se detiene en una esquina, en la que decide que no seguirá buscando tus huellas olvidadas en baldosas, que no podrá perseguirte sin que lo sepas por toda una ciudad, que mejor será dejarte ir.

Mientras tanto el corazón se me congela en la esquina de una plaza sucia de melancolía. Y en el cielo ya no hay más estrellas. Y en mi boca ya no hay más sonrisas tuyas.