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lunes, septiembre 20, 2010

Declaración robusta e insensata hacia un pobre vendedor de libros

Te acercás a mí porque me ves escribiendo
Allí donde solamente debo elegir y comprar
pero en mi libreta anoto una pregunta
que prefiero hacerte ya:

¿Qué ves en estos estantes pulidos y ordenados?
¿Ves lo que yo veo?

Lirones dormidos con fotografías de señores decentes con títulos como
“Borges”, “Alejandra”, “Whitman”,
y hasta Bukowsky parece decente; como si detrás no hubieran tenido
una persona, como vos o yo,
con una vida, un deseo y una vergüenza,
un empleo denigrante, un amor, una desolación.
¿los ves o tan solo hay lirones dormidos,
hojas pegadas, con manchas de tinta negra?

Estoy escribiendo, tan sólo eso.
No infringiendo inquebrantables y falsas barreras de derecho de autor
ni manoteando títulos, ni revisando historiales, no.

Me estoy preguntado si vos,
pequeño vendedor de librerías de moda,
tenés idea de la cantidad de balas que hay ocultas en esos libros
que al abrirlos me agujerearán el corazón y
me dejarán partir con el pecho sangrante
la sonrisa pegada al rostro
los bolsillos y las manos igualmente vacíos
y una postal de tu rostro atónito y huidizo
sin poder comprender si estoy loca o si te nombré un mundo.

miércoles, agosto 11, 2010

Paisaje con cerezos y un niño

Camina por una calle gris y arbolada con cerezos en flor
la bruma suave difumina los finales de las calles largas,
pero el sol llega a sus manos donde un papel escrito
indica una dirección con símbolos inquietos.

Pasa un niño con uniforme escolar, la mira discreto.
No puede hablarle en su idioma, pero ella se inclina hacia él,
Sonríe; extiende la mano y le ofrece el papel. El niño se detiene, la mira un segundo.
Dice unas sílabas saltarinas, pero ella sigue sonriendo, muda.

Entiende su rostro distinto. Mira el papel, y mira la mano.
La toma y comienza a tironear de ella hacia un lado.

Sorprendida, la chica apresura el paso para seguirlo
la manito del niño tironea del brazo largo de la mujer que corre torpemente para seguir sus pasos.
Dos cuadras voraces, salpicadas de sombras del sol
Y pétalos rosas.

Llegan a la entrada de un parque amplio
con jardines y tiendas, y pequeñas lagunas
con peces dorados y puentes de madera
El niño suelta su mano y señala un cartel.
Los símbolos son idénticos. Ella sonríe e inclina levemente la cabeza,
como conociendo una costumbre que le es ajena.

El niño se inclina brevemente y corre hacia el camino
un grito de ella lo detiene.
Se da vuelta y ve a la mujer luchando por sacar algo de su cartera.
Finalmente, saca un caramelo color rojo
y lo arroja hacia él.

El niño lo atrapa en el aire y lo mira.
Tiene el dibujo de una frutilla y palabras que no comprende.
Sonríe y se va corriendo hacia la calle de los cerezos.
Ella se sienta en una lomada verde desde la que se ve todo el jardín.

No puede hablar con nadie de la hermosura,
pero todo ese mundo le habla, como si lo conociera desde siempre y lo amara,
como si aún fuera incapaz de conocerlo y lo admirara.
Todo allí le habla en símbolos que no se leen y se entienden.
Y los sonidos hacen ecos en el agua quieta.
Ella mira y escucha.



No puedo evitarlo; siempre quise ser parte de un paisaje japonés.



Para mi amiga Flavia :)

sábado, abril 12, 2008

Un café roto

Escuchando los arpegios de esa sonata, con la espalda vuelta al piano y apoyándose en el respaldo del sillón, pensó en las pocas posibilidades de escape que tenía. No era una sensación definida, pero se parecía mucho a aquella ansiedad que nos invade cuando lo que esperamos no sucede. Sentía que apenas se callaran esos sonidos, podría invadirla una tormenta silenciosa o llevársela una corriente de gritos. Hubiera querido salir corriendo por la puerta de entrada, allí tan cerca. Hubiera querido soltar el café que tenía entre las manos y dejar que la taza de cerámica se estrellara contra el parquet, y se fragmentara en pedacitos que sonarían al compás de la música, para luego escuchar cómo se detenía abruptamente, y las manos que antes bailaban sobre el piano se pusieran a juntar los pedazos rotos y aún calientes; y ella siguiera quieta y dura, de pie, impasible, contemplándolo todo como si no estuviera allí, como si su cuerpo fuera una imagen ajena, que se olvidó en algún lugar del mundo. Hubiera querido gritar y llorar, pero nada de esto pudo. Se quedó quieta, escuchando esa sonata interminable, deseando a su vez que jamás terminara, que jamás sonara la voz tras las manos, que jamás se escuchara ninguna voz humana. Ni siquiera la propia.
Pensó luego, al cambiar los tonos y la velocidad de la música, que nada tenía que hacer allí, había llegado por impulso, y se había quedado como una espectadora secreta, silenciosa y oculta, en la oscuridad que imponen los edificios de la zona a esa hora de la tarde. El café humeaba en sus manos y cada tanto le daba un sorbo, esperando que tal vez ese calor le inundara el alma, le permitiera sentirse en calma y olvidar el cuerpo agobiado, y el alma errante y entristecida. Cuánto deseaba aferrar esas manos musicales y acercarlas a su corazón, cuánto deseaba abrazar esa espalda que se imponía sobre ellas, y dejar que la distancia no fuera más que una vieja fantasía. Pero no pudo evitar que al pensar esto una risa irónica se le marcara en el rostro al mismo tiempo que sentía las lágrimas abismarse en sus ojos. Con cuánta fuerza deseaba que el tiempo y el espacio congeniaran allí mismo para que él se diera vuelta y la viera, y ella volteara también su espalda y ya no fueran dos espaldas una contra la otra, sino dos miradas, una frente a la otra, y ya no un piano y un café sino una mano sobre la otra, y otra mano sobre otra mano y así infinitamente, una sobre la otra, formando una torre de Pisa imaginaria.
Entró una brisita por la ventana y ella se sintió con mucha vida otra vez, energizada por la frescura como no lo había sido por la tibieza que sostenía entre sus manos. Y entonces no quiso pensar más, ni tener miedo ni cansancio, ni sentir distancia ni tiempo. Y se volteó. Unos acordes disonantes sonaron a destiempo y allí frente al piano no había nadie, ni la sombra ni el rastro; sólo unas teclas amarillas que parecían no haber sonado nunca. Su voz se aunó en el estrépito de la taza contra el piso, sin desear que así fuera, pero sus manos tan blancas y débiles temblaron de terror y se alzaron en el aire frío.
Corrió al living asustado, el ruido sonaba claramente desde allí; ¿cómo podría ser si no había nadie cuando dejó la habitación? Pero en el suelo estaba la taza destrozada, un fondo de café humeante estirándose sobre el parquet y los restos de la taza con la marca de unos dedos fríos contra la transpiración tibia del café. Pensó en ella, aunque no quiso hacerlo. En ella, y en los dos, ambos rotos y destrozados. Pensó en que podría no haber distancia ni tiempo, pero aún así estaban, en silencio, la vida poniéndolos espalda contra espalda, poniéndolos de frente, jugando con ellos y sus mundos como si no sintieran nada, como si las marcas en el parquet no quedaran.

viernes, febrero 22, 2008

Luz en el mundo

La biblioteca del padre de Dante era un habitáculo oscuro y encerrado, con olor a polvo viejo y un poco también a humedad. Pero era, a la vez, un maravilloso mundo de espejos.
Repleta la pared de estanterías y rebosantes éstas de libros no podía decirse que fuera un cuarto ordenado. Los libros también vivían apilados en el piso y en las mesas y esto no resultaba en absoluto un estorbo. Las pilas podrían haberse elevado hasta el alto techo como cada estantería lo hacía pero ciertas fuerzas naturales impedían el perfecto equilibrio.
Sobre la larga mesada de madera esmaltada se dibujaban más y más pilas de libros, como una adecuada decoración del paisaje, y en la baja cúspide de una montaña de letras se apoyaba, sobre la tapa de cuero rojizo de un libro sin nombre, un pequeño planeta tierra. Este (pequeño para ser un planeta, grande para ser una pelota) emanaba una tenue luz amarillenta, que hacía ver sus mares color verde y sus tierras semitransparentes, y sus millones de nombres escritos en tinta negra como pequeños manchones de perfecta simetría y alineación. Salía luz del mundo.
Dante miraba también la lámpara-globo terráqueo y creo que pensaba lo mismo que yo cuando dijo: “El mundo nos da su luz, y nosotros vamos a ella como dos polillas de biblioteca” Y ambos sabíamos que no hablaba enserio, sino que metaforizaba la situación; me hacia creer que el mundo era una lámpara y que la habitación estaba llena de polillas cuando en realidad el verdadero mundo está brillando, realmente había un brillo en cada día gris, realmente el mundo nos decía algo al hablarnos: el mundo se encendía ante el universo y no creo que fuera por explosiones solares –ausentes en la faz de la tierra- ni por los millones de vatios gastados diariamente en luz eléctrica: creo que el mundo tiene una luz extraña, una luz que sólo atrae polillas, y somos nosotros las polillas.
- ¿Y los espejos? Esos son los libros: espejos de la luz de nuestros pensamientos, espejos de la luz que nos atrae como polillas que somos.
Al escuchar esto Dante rió a carcajadas y luego volvió la mirada a su libro, con esa sonrisa de complicidad que solo él me sabe dar; esa sonrisa que es sólo una pausa antes de intentar desmerecer mi teoría sin fundamento alguno.

jueves, enero 10, 2008

Invención

“Creo que soy porque te invento
(…)
Y tú en esa vigilia alientas
La sombra con la que me alumbras
Y el murmurar con que me inventas”

Doble invención, Julio Cortázar


Dibujos, garabatos, bocetos inconclusos de unos ojos nunca vistos. Música olvidada en un rincón del placard, palabras en todas las hojas que desparramó por el suelo. ¿Dónde encontrar ese nombre sino en la calles, en los libros, en los mapas, en las canciones, en las iglesias y en los colegios, en parques de invierno y en desiertos de verano? ¿Dónde sino en el silencio de la noche y en el trajín del mediodía? Su nombre clavado como una cruz en el tiempo y el espacio intocables.
Y mientras toma un café helado por la tormenta de anoche piensa en todos los amaneceres compartidos a la distancia, y todos los que podría inventar para su mirada. Piensa en que perdió tanto tiempo hablando de paraísos artificiales, de mentiras piadosas, de genialidades y vergüenzas ajenas; y para qué tanto tiempo si se escapan los años y él aprende a estar solo, a olvidar los rostros y los nombres sin esfuerzo alguno.
Sin embargo es temprano y no logra conciliar el sueño, como contagiado por un pensamiento compartido, por el simple recuerdo de su pelo dando la vuelta para saludar y decir hola o adiós, si al fin y al cabo son lo mismo; los segundos no corren y nos hemos reconocido; el tiempo es el mismo siempre. Pero él tiene la voz cambiada, atesorada por las ausencias y ya vacía de miedo. El café a medias en la taza y su mirada clavada en un hueco gris alba de la ventana. ¿Cuántos días y años, cuántos veranos más?
El tren al sur ya no significa nada si ella no está más en ese camino: una maquinaria vacía y ruidosa que sólo trae recuerdos y no la posibilidad latente de escaparse un día a sus calles y sus cielos.
Otra madrugada más es consciente de que la inventa y, fascinado con ella, no piensa dejar de soñarla. Mientras, por el mosquitero de la ventana entreabierta se filtra el olor de la lluvia inminente, alertando a la tierra y a las hojas. El apoya su taza vacía en la mesada y luego se traga, junto con el último sorbo, el frío y la ausencia.